el juego infantil
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Juegotecas

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Juegotecas callejeras (continúa)

Al momento de despedirnos, prolongado con abrazos y besos para las mujeres, surgen los nombres de las niñas con más facilidad. Las señoras llaman un taxi y aprovechamos para señalar que está saliendo la gente de la última función. Improvisamos una canción con palmas para que ellas aprendan a pedir con gracia: "Señora, señor, deme dinero, se lo pido por favor". Las niñas se ríen pero no cantan: en lugar de eso prefieren improvisar el canto de "a ver, a ver, como mueve la colita", acto tras el cual mi amigo y yo nos ponemos a bambolear nuestras caderas ridículamente.

Contrario a lo que esperábamos, el exhorto iba dirigido hacia las mujeres, que tienen que improvisar un meneo. Vuelven a mostrarnos su afecto dándonos besos. Carla, de las inquietas de cinco años, se me aproxima en el último instante antes de subir al taxi y me dice en secreto: "no le des monedas a estas gordas de mierda".

 

 

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Crear necesidad versus crear demanda

   

Volviendo a la noción del riesgo en las antípodas sociales, encontramos que una niña que se arroja por una baranda puede estar trayendo el tobogán a su lugar de trabajo o incluyendo el riesgo en su acción. Está claro que la especificidad cultural trae aparejado en estos estratos una aceleración de procesos que evolutivamente se dan más tarde en los estratos más acomodados, como la necesidad de dinero (a cualquier edad se encuentra gente que realiza esta acción tan característicamente infantil que es el pedir). Pero el logro de la noción de riesgo se encuentra en constitución junto a la elaboración del espacio. Y en un momento crucial de estas estructuraciones, la actitud de la niña de la baranda resulta cuando menos desafiante. Si bien no arriesgaría a decir que la niña tiene plena conciencia de los quince metros de escalera, es cierto que existe una fobia universal a la altura. La interdicción de un adulto actúa como un obstáculo de fácil franqueo que dará cuenta de las primeras nociones de peligro, de los horizontes límite del espacio. La intervención aquí es propiciar este desarrollo enfáticamente, porque surgirán por añadidura la noción del valor de la propia vida, al encontrarse con la intención de conservarla que trae alguien de afuera. Para respetar el modo culturalmente específico en que se desarrolla cierta adquisición en la infancia, en estas ocasiones no cabría más que acompañar el trayecto del niño por la baranda para atajarlo por si se cae, pero señalando e intentando a cada momento otra posibilidad de descarga lúdica. Esto quiere decir no interferir, pero sí proponer algo a cambio, servir como tercero que marca alguna referencia en cuanto a los riesgos.

Vemos que el adoptar conductas de riesgo puede no ser un suicidio encubierto o "parasuicidio" (como les suele impresionar a muchos profesionales que se dedican a esta población). El riesgo reside en la forma que tienen de desafiar su realidad entera. De lo contrario, sin esa noción no podrían subsistir y la tierra se los tragaría (ahora me pregunto, ¿cuántas chances había que la niña de la escalera fuera realmente a caerse o arrojarse?). No está faltando una conciencia de posibilidad de muerte, sino que se la ignora activamente. Si esto no fuera así, tampoco habría dificultades para trabajar con una población que se "suicida lentamente" -suicidio según lo que tantas veces se pretende ver. Es sólo por una ceguera ante estas nociones del observador que se vuelve menester el pensar otras maneras de recuperar el valor de la vida para los niños como una proyección hacia un futuro, sin fomentar el miedo (¿burgués?) a morir en la calle. Este es, llegado el caso, uno de los objetivos más complejos de una "hora de juego antropológica": a partir de la elaboración subjetiva, favorecer un mecanismo propio de despegue para un riesgo, que no pase por los extremos de la sanción ni el del desafío.

Otra dificultad, referida a la historicidad. Pensar que al no tener noción de un pasado estas niñas no pueden entender el concepto de futuro es liquidarlas desde la teoría, desde nuestro miedo movilizante. Al ser éste inidentificable por parte de ellas, corremos el riesgo de volvernos alienados para sus posibilidades de concepción y entorpecer la tarea que nos proponemos en última instancia.

Es probable que el lugar físico más identificable donde se construya la historia personal sea la cama: nacemos, morimos y nos reproducimos, por lo general, en una cama. Ahora bien, estos niños no tienen una para cada uno, aunque no vivan en la calle literalmente. Esto se cita en referencia a los grados de intimidad que se puede tener esa cama donde el niño pasa la noche: un piso duro urbano o en alguna colchoneta suburbana, que casi siempre es compartida. Para el observador esto contrastaría inmediatamente con las culturas indígenas a las que diversos planes de desarrollo entregan implementos que no tienen que ver con sus necesidades -a veces llegando a su cometido, a generar esa necesidad. Un ejemplo es el de una etnia que habita en las montañas ecuatorianas de la provincia del Chimborazo. Cuando la UNESCO aportó colchones para mejorar sus condiciones de vida, notaron al poco tiempo que eran sus cerdos quienes dormían allí, mientras los indígenas seguían haciéndolo en el piso. Esto no deja de ser, de alguna manera, el más afortunado de los casos.

Y pese a que desde una perspectiva evolucionista todas las culturas son modernas, me remitiré también a los niños de la calle de otro medio más urbano, cercano a aquél: Toctiuco, en las afueras de Quito. En una muestra de cine y video documental en la que presenté un trabajo sobre una fiesta en la Amazonía boliviana, tuve la oportunidad de ver la obra de Bertram Doll sobre los niños de la calle de este barrio pobre de la capital ecuatoriana. El principio del documental eran primeros planos de una serie de niños que respondían a una pregunta sobre sus expectativas: uno decía que quería ser jugador de fútbol, otro bombero, y no faltaban el astronauta ni el médico. ¿De dónde salen estas ideas? ¿Por qué se habla de una falta de futuro, de una estricta vivencia del presente en el individuo marginal? ¿O se trata de un mero intento de eliminar la angustia del trabajo con esta población? Después de todo, siempre se mueren los otros, reza el epitafio de Marcel Duchamp. Y el deseo de ser grande, como diría Freud, sigue moviendo la infancia hacia delante a pesar de las barreras tanto individuales como sociales. La pregunta que cabe aquí es ¿qué adulto idealizado cumple ese rol conductor? Ante una precarización de la función del padre asistimos a cómo la calle adopta a los niños, desde el imaginario popular y desde un análisis más exhaustivo. Stolkiner se pregunta si esta variante es sólo una estructura emergente, una nueva modalidad social, o en realidad consiste en una debilitación de determinados parámetros culturales. Esto es importante a la hora de definir la operabilidad y las posibilidades de montar una estrategia según el intervencionismo que se considere éticamente adecuado.

En todo caso intentaría no contribuir a esa marginación consistente en tomar como patológico el cambio cultural. Al respecto de la posición del observador: no se trata del estoicismo de entrar en el mundo de los discriminados, sino de adoptar sus situaciones (para nosotros) alienantes. Naturalizarse no es comprender, sino un poco más: el paso posterior a la búsqueda de explicaciones y coincidencias culturales -que no surgen de otro lugar que el sentido común. Y también es el paso previo a la búsqueda de una solución para cierta necesidad, algo a realizarse sí o sí de manera conjunta -de lo contrario no se corre riesgo de ser etnocéntrico, sino de ser algo tan terrible y corriente como un "etnoimpositor". Naturalizarse tampoco es nada más que olvidarse por un rato del entorno propio del observador. Es una investigación constante de las reacciones y cambios que genera una tarea cultural.

Aquellas fabulosas proyecciones en el tiempo de los niños de Toctiuco quizás representen la contracara del efecto globalizador de una cultura visual.

Al relacionar la supuesta dependencia del momento presente, tantas veces achacado a los "salvajes", surgen evidencias de que probablemente todos lo seamos. En algunas aldeas Bakairí del Mato Grosso ahora tienen energía eléctrica (el intendente de la urbe más cercana tiene una chacra lindera con el área indígena). La explicación de uno de los líderes: "ahora el Bakairí piensa en mañana, ya no se come todo lo que hay en un solo día". Pensar en una historia más allá de hoy es un signo que se acerca a la cultura moderna occidental, pero no es suficiente. En cierto sentido, no es otra cosa que un presente apenas más prolongado, que nos vuelve a todos salvajes en más de una forma. ¿Cómo puede querer una cama un niño que nació y durmió siempre en el suelo? La respuesta: por verlo. Ya no es noticia que la cultura visual tiene un poderoso impacto, siendo una fuente desencadenante de lo que llaman "globalización". ¿Ver lo que hay afuera sucede como consecuencia de una incomodidad adentro? ¿Por qué entonces sucede en todas las clases de todos los países y a todas las edades? ¿Por qué a los niños se los llama "culo veo-culo quiero" y no por ejemplo "culo toco culo quiero"?. Por más que sea difícil encontrar un "adentro" en las personas que no tienen casa -desde una perspectiva etnocéntrica del observador occidental-, basta con pensar a cada sujeto como una casa. Es un buen lema (que usé en un taller con los "sin-techo" de un hospital) para adentrarse en cuestiones inmediatas: "yo soy mi casa". Esto es una obviedad para ellos, pero que nunca está de más tratar. Por otro lado, el que tuvo casa y la perdió -en lugar de haberlas visto siempre desde la calle- posiblemente sea el que quede más expuesto: sus nociones de intimidad, de lo que está adentro y afuera, ha sido trastocada.

Los niños son quienes pueden discernir con mayor sensibilidad el problema entre encontrarse afuera o adentro (al atravesar etapas iniciales del aprendizaje que es su autoconcepción), así como son altamente sensibles entre las realidades de estar solo o acompañado (tanto "bien" como "mal"). En algunas experiencias sociales para dar alojamiento a niños de la calle, se ha descripto que, hasta pasado los dos años de estadía, los niños duermen en una cama pero con la ropa puesta, como si estuvieran en la calle. Este reflejo, surge de la costumbre postural para que nadie los robe y, para Moffat, se agrega el "el culo contra la pared, para que no los violen". Estas experiencias no hablan sólo de una actitud sino de un pasado, asociado a una necesidad. Las costumbres van quedando sin significado, como tantas otras a nuestro alrededor. Esta historicidad es la que no debería confundirse con una falta de valor por la vida, o de noción de la muerte. Si damos eso por hecho, no hay nada más por hacer.

Marc Augé se conmueve con el intento de los psicólogos de los campos de refugiados, los nuevos no-lugares, donde se intenta siempre con algo de éxito (inherente a una condición humana "transcultural") reconstruir algo propio en esos espacios despersonalizados. En este caso entra en juego otra vez el hacinamiento como primer factor de maltrato.

Esta cuestión vuelve a plantearse más allá. La agresividad, "ese pretendido mal" de Konrad Lorenz, se expresa aquí como el contacto físico y verbal entre dos clases sociales (una en estructuración de los individuos, otra teóricamente con su estructuración más acabada). Las niñas de la experiencia nunca perdieron de vista que pertenecíamos a mundos diferentes. El juego sirvió justamente para desactivar esa realidad. Puede observarse que el contacto corporal y la montonera de niñas encimadas que tanto les divertía, en otro contexto, es padecida por ellas en su situación habitacional.

Resulta por lo demás claro que si bien ellas deben defender su historicidad, también lo deben hacer quienes salen del cine. Cada uno por su lado va teniendo menos posibilidades de resignificar lo que está haciendo y viviendo, en la medida que el individuo desaparece, aislándose de los diferentes y amalgamándose con sus supuestos iguales (¿qué límites existen entre las apretadas humanidades del campo de un estadio en un concierto?). Cada clase por separado aniquila la chance de una historicidad conjunta y a conciencia: en una orilla el grupo de los que terminan su día en extrema soledad; en la otra, quienes se agrupan para poder subsistir y terminan eliminando los límites de su persona desde el momento de dormir.

Elegir al azar la película, elegir al azar la propia