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ADOLESCENCIA

 

 

* Cambios Osteoarticulares y Musculares *

 

Una de las medidas a la que se ha recurrido con mayor frecuencia para la determinación del comienzo de la adolescencia es la correspondiente a los signos del desarrollo óseo, sobre todo el grado de osificación determinado radiológicamente. Todd (1937), sobre un total de mil observaciones, demostró que el mejor nivel de madurez se alcanzaba en las niñas a los trece años, y en los varones a los quince, mientras la estabilización se lograba, en ambos sexos, recién a partir de los diecisiete.

 

Por lo general la pubertad se señala por un brusco avance del crecimiento pondoestatural, que luego se lentifica, para volver a progresar desde la mitad o hacia el final de la etapa. Si bien se han construido muchas curvas de crecimiento corporal -a grandes rasgos, todas válidas-, no debemos dejar de señalar que las mismas deben ser leídas teniendo en cuenta que hasta en las poblaciones más saludables se pueden constatar enormes diferencias individuales.

En esta área se comprueban ambién diferencias que dependen del sexo: en las niñas, Marcelli y Braconnier (ibid) hallaron que "el reflejo de la acción de las hormonas sobre los huesos es de 7,5 centímetros en el primer año y 5,5 en el segundo", y que "en la edad en que el crecimiento es máximo, éste se sitúa entre 6 y 11 centímetros" . En cambio para los varones dan "una media de 8,5 centímetros durante el primer año, y 6,5 centímetros en el segundo año de la pubertad" , mientras "en el año de crecimiento máximo, la curva estatural es de 7 a 12 centímetros". Los distintos sectores corporales y los diversos sistemas biológicos crecen y se desarrollan con ritmos muy variables: por ejemplo se observa con relativa frecuencia que, durante esta etapa de la vida, el desarrollo óseo provoca ciertos cambios en la forma de la cara, por el incremento del ancho y grueso del maxilar inferior, que se vuelve de esta manera más prominente.

 

Los varones, que hasta los diez años eran más altos que las niñas, desde entonces y hasta los catorce, son generalmente superados por ellas, para volver a la proporción inicial desde esa edad en adelante. Se ha señalado que el primer brote de crecimiento se anticipa a la pubertad en alrededor de seis meses.

 

Según Horrocks (1957) "no hay ninguna correlación entre el tamaño final y la rapidez de crecimiento".

 

El torax se ensancha y crece en profundidad y altura, pero no exclusivamente por el desarrollo óseo sino también por el aumento del tejido adiposo tanto como el correspondiente a la masa muscular.

 

Los cambios esqueléticos son especialmente importantes en las niñas. En ellas la pelvis, que era alargada, estrecha y recta, se vuelve ancha y algo cóncava.

 

En íntima relación con el desarrollo pondoestatural, sobre todo en los varones, puede observarse un incremento de la fuerza muscular y de la habilidad motriz. Por cierto que ambos procesos revisten singular importancia desde el punto de vista psicológico para los muchachos. De todas maneras la determinación de la responsabilidad de la pubertad en estos cambios es poco precisa, ya que las dos características recién anotadas dependen, en gran medida, de otras condiciones como la alimentación, e1 ejercicio, etc.

 

La fuerza muscular se desarrolla con rapidez durante los primeros veinte años de vida, aunque la velocidad de tal crecimiento no es estable: se acelera desde los seis años y luego de los doce, siempre con predominio en los varones.

 

* Cambios Sexuales *

 

Dada la importancia que adquiere el tema para la mejor comprensión de esta edad, y aún a riesgo de caer en repeticiones, hemos de volver sobre la cuestión. Prácticamente todos los autores coinciden en delimitar la pubertad al proceso de adquisición de la madurez genital. Es decir que desde el punto de vista fisiológico, esta etapa se extiende hasta el completo funcionamiento de los órganos reproductores. En las niñas el cambio resulta más evidente debido a la notoria aparición de la primera menstruación. Sin embargo es conveniente recordar que desde unos dos años antes ya se venían manifestando cambios físicos bastante notables, que consisten, ni más ni menos que en el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios: distribución del tejido adiposo en caderas y mamas, ensanchamiento de la cintura pelviana y aparición del vello pubiano y axilar.

 

El fenómeno de la menarca es extremadamente variable en cuanto a su cronología, e incluso algunas veces resulta difícil de determinar dada las muy frecuentes irregularidades de los primeros ciclos y el escaso volumen de algunas pérdidas. Tales irregularidades se deben, ante todo, a la frecuencia de los ciclos anovulatorios u ovulatorios con insuficiencia del cuerpo amarillo.

Precisamente con respecto al inicio de la etapa adolescente, pero en otro orden de ideas, parecería estarse produciendo, a través de los últimos cincuenta años, un adelanto continuo de la fecha de la primera menstruación, la que en nuestros días se ubica entre los doce y medio y los trece años. Sin pretender atribuirle una relación causal estricta, el hecho recién enunciado muestra una cierta correlación con los cambios de hábitos alimentarios y el estado nutricional.

 

Marcelli y Braconnier (1986), quienes han sintetizado adecuadamente los aspectos biológicos de la pubertad, describen así el punto de partida de esta evolución en las niñas: la secuencia tiene como cero evolutivo el inicio de la secreción de gonadotrofina, inducido a su vez por la secreción pulsátil del núcleo arqueado del hipotálamo. La hormona folículo estimulante comienza a producirse alrededor de los once años, estabilizándose dos años más tarde. "La hormona luteotropa (LH) es segregada bajo la forma de pulsos que son cada vez más amplios y frecuentes, induciendo así la secreción ovárica" (ibid) .

 

Los mismos autores afirman que "con ocasión del sueño profundo, se observa un pico de LH ampliamente más elevada de noche que de día". Poco más adelante agregan que "una larga maduración del hipotálamo hace aparecer el retrocontrol positivo, es decir, la posibilidad de que tasas elevadas de estradiol produzcan un pico secretor de LH que conducirá a su vez a la ovulación. Este mecanismo no funciona correctamente hasta varios años después" (ibid). Por último agregan que "las secreciones ováricas aparecen a continuación; el aumento progresivo de estrógenos se produce al inicio de la pubertad, haciéndose más importante a lo largo de la misma. Al final de la pubertad aparecen grandes variaciones individuales de las tasas plasmáticas en relación con la edad del inicio de la actividad cíclica. La progesterona, testigo de la secreción del cuerpo amarillo, y por lo tanto de la ovulación, aparece más tarde que las primeras reglas. Las tasas no son comparables a las del adulto hasta después de cuatro a cinco años. Los andrógenos, que han aumentado ligeramente después de la clásica pubertad suprarrenal, aumentan todavía, pero en forma moderada, en condiciones normales" (ibid) .

 

El problema de la determinación del comienzo de la crisis puberal en los varones es bastante más complicado, debido a la ausencia de una señal tan objetivable como la menarca. En este caso los signos son menos claros y más progresivos, y en la vida cotidiana están reducidos a la afirmación de los caracteres sexuales secundarios, varios de los cuales ya han sido enumerados algo antes: aparición de vello pigmentado y ensortijado del pubis, cambio de aspecto del escroto -que se vuelve más oscuro y rugoso-, aparición de la primera eyaculación provocada -voluntaria o involuntariamente-, brote de crecimiento pondoestatural, ensanchamiento de la laringe y aumento volumétrico de la nuez de Adán, cambio concomitante de la voz, aparición de vello (axilar, pubiano y facial), rápido crecimiento de los genitales externos.

 

Siguiendo siempre el texto de Marcelli y Braconnier (ibid) en lo que se refiere a la intimidad del proceso fisiológico de la pubertad masculina, diremos que el mismo se inicia con la producción pulsátil de hormonas hipofisarias, inducida a su vez, por la acción del hipotálamo. Tal secreción obtiene una primera respuesta testicular alrededor de los doce años. También en el caso del varón se dan las variaciones de producción hormonal que se observan en las niñas: picos durante el sueño y aparición de un retrocontrol positivo que permite aumentar las concentraciones de los esteroides periféricos, sin que ello signifique reducir las gonadotrofinas. Toda esta actividad humoral produce la maduración de las células responsables de la secreción de testosterona. La tasa de producción de esta última hormona en el nivel del adulto se logra aproximadamente a los quince años, en tanto "la tasa de los demás andrógenos es menos marcada después del primer crecimiento en la pubertad suprarrenal. La secreción de los estrógenos es menos importante que en la muchacha en un estadio puberal comparable. De todas formas, la secreción de estradiol bajo la influencia de la gonadotrofina sólo aparecerá al comienzo de la pubertad, y constituye la respuesta inmediata del testículo a esta estimulación al final de la pubertad".

 

Por último es conveniente subrayar que las diferencias culturales también afectan el desarrollo puberal de los varones, así Kinsey, Pomeroy y Martin (1948) mostraron una innegable correlación entre la primera eyaculación y el nive1 educativo. Las medias fueron:

 

13,71 años en el "college",

13,97 años en quienes no habían superado la "high school" y

14,58 años en los que no pasaban del octavo grado.

 

* Consecuencias del Desarrollo Físico *

 

Como es comprensible, los cambios físicos descriptos en el apartado anterior tienen consecuencias de peso en la dimensión psíquica del ser humano en crecimiento. Los mismos autores que venimos de citar (Kinsey, Pomeroy y Martin) se refieren a "repercusiones tanto a nivel de la realidad concreta como a nivel de lo imaginario y de lo simbólico", a la vez que aluden a cuatro aspectos que deben ser tenidos en cuenta cuando se analiza la transformación sufrida por la imagen corporal, tanto la que el adolescente construye mentalmente de sí mismo, como aquella que interaccionalmente los

demás le devuelven. Los cuatro criterios son: el cuerpo como referencia espacial, el cuerpo como representante simbólico, el cuerpo y el narcisismo, y el cuerpo y el sentimiento de identidad.

 

El cuerpo como referencia espacial : el crecimiento irregular del cuerpo produce varios efectos convergentes. En los demás, una vivencia de inadecuación, tanto debido a un provisorio si bien manifiesto alejamiento de las pautas de belleza ideales aceptadas en nuestra cultura, como a la torpeza demostrada en ciertos comportamientos motrices de1 joven. Este último es un aspecto que al afectar la autoestima convendrá estudiar con algo más de detalle.

 

Como el esquema corporal está sufriendo cambios con mayor frecuencia y a mayor velocidad que en cualquier etapa anterior, y debido a que semejantes modificaciones resultan bastante inarmónicas, el joven no alcanza a adaptarse a ellas, por lo tanto no logra dominar adecuadamente algunos movimientos, volviéndose torpe en su ejecución. Por ejemplo quiere asir una botella apoyada en la mesa familiar, pero la empuja volteándola. Ello se debe a que la encuentra mucho más cerca de lo previsto. En realidad lo que ha sucedido es que la imagen mental de su propio miembro ha sido rebasada por la velocidad del crecimiento y consiguientemente el brazo resulta más largo de lo supuesto.

 

Es conveniente aclarar que en el párrafo anterior nos estábamos refiriendo a determinadas acciones motrices no especialmente entrenadas, pues las ejercitadas presentan características diametralmente opuestas: el adolescente experimenta -ya lo hemos dicho- un incremento de su fuerza muscular, un aumento de la resistencia a la fatiga y una mayor precisión motriz, desde los catorce años en adelante.

 

El cuerpo como representante simbólico : el reconocimiento del yo corporal no sólo se basa en las percepciones propias -lo que, según acabamos de ver, a veces complica bastante las cosas- sino que además depende del juicio de los demás -como también quedó expresado-. Tanto en el juicio introspectivo, como en el resultante de la internalización de la visión que de él se forman los miembros de su entorno, se dan elementos simbólicos del poder (fuerza o seducción), o de la identidad sexual (ropas, cabellos, adornos), que cuando emergen, más allá de las consabidas modas, pueden estar expresando conflictos personales de variada importancia.

 

El cuerpo y el narcisismo: a fin de no prolongar excesivamente la reflexión sobre este particular, transcribiré textualmente un párrafo de la obra de Marcelli y Braconnier (1986 ): "¿Qué adolescente no ha pasado largos ratos frente al espejo? ¿Qué adolescente no ha manifestado en un momento u otro un interés exagerado a la vista de su silueta o de una parte de su cuerpo, o paradójicamente un desinterés aparente total?. Como parte de un conjunto más general de hiperinvestimiento de sí mismo, el interés que lleva por momentos al adolescente a su propio cuerpo ilustra la presencia, a veces preponderante de la dimensión narcisista en el funcionamiento mental a esta edad".

El cuerpo y el sentimiento de identidad: el tema ha quedado implícita y adecuadamente incluido en lo hasta aquí dicho, de manera que no nos detendremos en este particular a fin de evitar tediosas repeticiones.

 

 

* EL DESARROLLO COGNITIVO *

 

Para tratar este tema procuraré atenerme en todo lo posible a las concepciones de Jean Piaget. A tal fin es necesario comenzar por reconocer la existencia de las llamadas estructuras cognoscitivas, a las que podemos definir con palabras de Flavell (1968) como "propiedades organizativas de la inteligencia, organizaciones creadas a través del funcionamiento, e inferibles a partir de la conducta cuya naturaleza determinan". Estas estructuras no son sino una de las tantas manifestaciones de la adaptación del organismo al medio.

 

Frente a los resultados provistos por observaciones sistemáticas de la actividad intelectual de los adolescentes, cabe la pregunta que siempre surge ante este aspecto del desarrollo en cualquiera de sus etapas. El interrogante ha sido planteado por Flavell en los siguientes términos: "¿Qué lleva al sujeto -infante, niño o adulto- a desarrollar actividades cognoscitivas frente al ambiente?" (ibid) . Y procurando adecuar la respuesta a criterios estrictamente piagetianos afirma: "Se halla en la misma naturaleza de la asimilación el crear esquemas que, una vez creados, se mantienen por medio del funcionamiento asimilativo". Vale decir que "la necesidad de conocer no es fundamentalmente un motivo extrínseco, independiente de la actividad intelectual y que la empuja, por así decirlo, desde atrás. La necesidad es una propiedad intrínseca, casi definitoria, de la actividad asimilativa misma" (ibid) . Por fin cabe agregar que todo el proceso puede ser considerado como una incontenible marcha en la cual las operaciones mentales concretas de la etapa anterior resultan progresivamente sustituidas por las operaciones formales -última adquisición intelectual novedosa-, las que, a su vez, representan "la estructura del equilibrio final, hacia el cual tienden las operaciones concretas" (ibid).

 

Pero si deseamos lograr una más adecuada comprensión de este fenómeno de las operaciones formales será mejor que nos dejemos llevar de la mano por el mismo Piaget (1966). Dice el famoso investigador de Ginebra: "El pensamiento formal se desenvuelve durante la adolescencia. El adolescente, por oposición al niño, es un individuo que reflexiona fuera del presente y elabora teorías sobre todas las cosas, complaciéndose particularmente en las consideraciones inactuales. El niño, en cambio, sólo reflexiona con respecto a la acción en curso, y no elabora teorías, aún cuando el observador, al notar el retorno periódico de reacciones análogas, pueda discernir una sistematización espontánea en sus ideas". Para Piaget, el logro de esta etapa consiste en el desarrollo del pensamiento hipotético-deductivo, es decir, aquel pensamiento no basado exclusivamente en la experiencia, sino en suposiciones. "El razonamiento que se refiere a la realidad consiste en una agrupación de operaciones de primer grado, esto es, de acciones interiorizadas que han llegado a ser susceptibles de composición y reversibles. Por el contrario el pensamiento formal consiste en reflexionar estas operaciones, vale decir, en operar sobre operaciones o sobre sus resultados, y, consecuentemente, en agrupar operaciones de segundo grado. Sin duda se trata de los mismos contenidos operatorios: el problema consistirá siempre en clasificar, seriar, medir, situar o desplazar en el espacio o en el tiempo, etc. Pero esas clases, series, relaciones espacio-temporales, en tanto que estructuraciones de la acción y de la realidad, no habrán de ser agrupadas por las operaciones formales: lo serán las proposiciones que expresan o reflexionan esas operaciones. Las operaciones formales consistirán, pues, esencialmente, en implicaciones establecidas entre proposiciones, expresando estas últimas clasificaciones, sediciones, etc." (ibid).

 

De esta manera el joven ha llegado a acceder a la lógica formal y a la deducción matemática, hasta entonces imposibles. Para Piaget estos logros significan "un domino autónomo: el del pensamiento puro, independiente de la acción" (ibid), por lo tanto podemos considerarlos como la culminación del desarrollo cognitivo en cuanto a surgir estructuras novedosas. Lo que queda, de aquí en adelante, no es sino el progreso a través de un entrenamiento capaz de brindarle al pensamiento mayor flexibilidad y mejor adecuación a la realidad. Tales objetivos se vuelven accesibles a medida que la inestabilidad emocional se atenúa. De esta manera alcanzamos un punto muy próximo al que puede considerarse como el límite superior del crecimiento mental humano. Se trata de un límite que variará según lo que exijamos como lugar de llegada del desarrollo intelectual: a) más tardío si lo esperado es mayor cantidad de conocimientos y mayor adaptabilidad, b) la inmediata postpubertad si la expectativa se refiere a la aparición de estructuras cognitivas novedosas.

Marcelli y Braconnier (1986) sintetizaron acertadamente las características fundamentales del pensamiento formal, caracterizándolo ante todo por la subordinación de lo real a lo posible, pero además porque "lleva a enunciados verbales" y "corresponde a la intervención de una lógica nueva o lógica de las proposiciones que permite acceder a un número infinitamente mayor de operaciones y de combinaciones de tales operaciones".

 

El homo sapiens sapiens posee una tendencia ineludible a alcanzar una cosmovisión satisfactoria. La progresiva intensificación de semejante pulsión se acelera especialmente entre los doce y los veinte años, de manera que este período es el que exhibe la máxima capacidad en lo que se refiere al aprendizaje intelectual.

 

No debemos pensar que la culminación de la adquisición de estructuras novedosas lo es todo en el desarrollo intelectual humano. Existen otros factores decisivos en este aspecto evolutivo por lo que es comprensible que en los primeros momentos de la etapa que estudiamos la captación de la realidad sea aún incompleta. Y ésta, a su vez, es la razón de que la conciencia del adolescente se pueble frecuentemente con deseos extravagantes -lo que es como decir deseos sometidos a serio riesgo de frustración-, y con fantasías mucho más variadas que las que se presentan durante la infancia. Estas fantasías abarcan diversas áreas: las más constantes son las referidas al desarrollo corporal, al amor, al éxito y a la seguridad (incluyendo el manejo de las pulsiones agresivas y sexuales).

 

En otro orden de cosas, aunque siempre dentro del campo del desarrollo cognitivo, un aspecto importante es el referido a los intereses de los jóvenes, tema al que volveremos en el apartado dedicado al proceso de socialización. En este particular la adolescencia está señalada por el abandono de muchos de los intereses que hasta ese momento habían condicionado la cosmovisión infantil. La diferencia entre adolescencia e infancia no se limita por cierto a esta pérdida, sino que, y muy especialmente, incluye el hecho de que surjan nuevos intereses que vienen a sustituir a los abandonados.

 

Entre los intereses que debemos considerar con mayor atención está el referido al estudio, ya que como se sabe, la epistemofilia constituye una de las fuerzas más poderosas de la naturaleza humana, si no la más fuerte de todas. Semejante afirmación choca, en apariencia, con una realidad de fácil comprobación: una mayoría de jóvenes muestra una neta postura antiintelectual, expresada claramente en el estigma social con que se castiga a aquellos a quienes se conoce como "traga-libros", categoría en la cual todos los jóvenes temen ser incluidos, aún aquellos que estudian normalmente.

 

En el Gran Buenos Aires un número considerable de adolescentes se mostró poco inclinado al estudio. Cuando fueron interrogados sobre las motivaciones personales para dedicarse a tal actividad respondieron (Centro de Estudios de la Opinión Pública, 1992) :

 

CUADRO I

 

RAZONES PARA ESTUDIAR

 

Para aprender 50,4%

Para "zafar" 29,9%

Por obligación 13,7%

Otros 6,7%

 

 

El interés por saber no parece estar depositado en la actividad escolar, y muy por el contrario, en numerosas ocasiones parecería casi totalmente desvinculado de la misma. La epistemofilia halla refugio en otras actividades como las de los grupos religiosos juveniles, o las recreativas, dentro de las cuales cabe incluir algunas aplicaciones de la computación.

 

Como quedó insinuado algo antes, y a fin de evitar más repeticiones de las necesarias, nos remitimos a los apartados sobre Socialización y sobre Juicio Moral.