el juego infantil
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Con el logro de la locomoción autónoma, el niño accede súbitamente a un segmento mucho más amplio de la realidad. Además, la bipedestación erecta cambia el plano de su visión del mundo. Comienza así el período que Greenacre definió en 1957 como idilio con el mundo, cuya importancia para el desarrolllo humano debe ser enfatizada. El logro de la locomoción autónoma no sólo amplía el mundo del niño, sino que afirma los pasos hacia su individuación y hacia el logro de una identidad autónoma. Esto acrecienta la seguridad, la autoestima, y el regocijo por las propias capacidades para el dominio de la realidad estimulando al abandono de la omnipotencia simbiótica. El niño muestra por ello una mayor tolerancia a la frustración, resultante de la seguridad adquirida.

Durante este lapso, que aproximadamente va desde los seis a los dieciocho meses de edad, se invisten libidinalmente las diversas habilidades motrices, y simultáneamente va resultando cada vez más placentero el evitar ser reabsorbido por la madre en lo que sería una restauración de la simbiosis. Tal parece ser la causa de los juegos de huida, en los que el niño se aleja aunque sin embargo espera siempre que la madre lo persiga y lo atrape. Esto se debe a que el resultado del avance evolutivo que estamos describiendo es el conflicto ambivalente entre libertad y seguridad, que Fromm (1941) describiera e interpretara brillantemente.

E1 desarrollo de esta subfase puede verse dificultado por una madre omnipotente e infantilizadora, capaz de privar al niño de la posibilidad de ejercitación, o bien por un desarrollo locomotor prematuro, llegado cuando el niño aún no está emocionalmente preparado para la separación.

 

- La subfase de acercamiento.-

 

A1 logro de la locomoción autónoma se suma ahora el de la posibilidad de representaciones mentales. Estos dos hechos constituyen para Mahler los parteros del nacimiento psicológico del infante humano, y son la base de un primer sentimiento de entidad autónoma y de identidad.

 

Estamos ya en la mitad del segundo año de vida (18 meses) y el niño se ha transformado en un deambulador. Probablemente ante el aumento de la conciencia de separación (que actualiza el conflicto ambivalente libertad-seguridad), y como una forma de reflujo transitorio hacia el marco de seguridad, se observa en este período una disminución de la tolerancia a la frustración que caracterizaba a la subfase precedente. Ahora el niño ha probado los limites de sus posibilidades, y sabe que necesita de los adultos. Desarrolla entonces una pauta de verificación de la presencia de la madre y reacciona regresivamente a las situaciones de frustración (pataletas y berrinches), sobre todo cuando ella está presente. Al mismo tiempo muestra una clara conducta de acercamiento a la madre, aunque no ya como "base de operaciones" sino como un objeto de amor con quien compartir sus descubrimientos del mundo. Lo definitorio en esta subfase es la gran necesidad de amor objetal, esto es, necesidad de que la madre comparta su mundo, pero sin reabsorberlo. Por tal motivo, la manifestación de la ambivalencia circunstancial pasa ahora por conseguir la participación de la madre en todos los logros más novedosos (el infante deposita todo lo que descubre en el regazo de la madre y espera la participación de ésta en su exploración), no obstante lo cual se exageran al mismo tiempo conductas obstinadas de independencia, como un intento de negar la necesidad de protección materna.

 

Estos cambios comportamentales (en los que se evidencia el afán de conquistar el mundo y el conflicto ambivalente resultante), generan comportamientos contradictorios en la madre, que pueden ser vividos como agresiones por el niño. Consiguientemente, se hace más ostensible el miedo a perder el amor del objeto, y por ende, se acrecienta la denominada ansiedad de separación. Tales dificultades en el desarrollo sólo son superables gracias al equilibrio materno. La precondición básica para la resolución adecuada de esta subfase es la disponibilidad emocional de la madre para participar en los descubrimientos del niño, a la vez que su tolerancia ante la ambivalencia de éste, que a veces la busca y a veces la rechaza. Pero en este sentido debemos tener en cuenta que la madre también está atrapada entre dos fuerzas opuestas: el deseo de retener al niño, prolongando la experiencia prenatal, y el de continuidad filogenética, que implica necesariamente la autonomía del propio ser.

 

Una etapa como ésta, que ha sido considerada como el apogeo del proceso de separación-individuación, y que se caracteriza por el derrumbe definitivo de la omnipotencia simbiótica, no puede sino manifestarse por un significativo temor a perder el amor del objeto.

 

Es también característica de este período la mayor conciencia del propio cuerpo, quizás sostenida por la adquisición del control esfinteriano, y los conflictos derivados de ella.

 

•  La subfase de consolidación de la individualidad, y de comienzo de la constancia

objetal emocional.-

 

Esta es la última subfase descripta por Mahler. Se inicia aproximadamente con el tercer año de vida. En este período se alcanza una estructuración más definitiva del Yo, que en los sujetos sanos adquiere carácter vitalicio. Con el perfeccionamiento de la posibilidad de representaciones mentales, se produce una internalización más definida de las exigencias parentales, las cuales constituyen los precursores del Super-Yo. Pero al mismo tiempo, la creciente individuación induce conductas de resistencia activa a las exigencias de los padres que se viven como intrusivas en esta individualidad precoz (crisis de negativismo).

 

Con el ya mencionado logro de las representaciones mentales (que preludian la función semiótica), la comunicación verbal se desarrolla y reemplaza lentamente a los otros modos de comunicación. Se perfeccionan también el sentido del tiempo y el espacio, con la consiguiente posibilidad de tolerar la frustración por períodos crecientes. Aparece el juego simbólico, la imitación diferida, y el juego "como sí". Pero la consecuencia más importante de este logro es la internalización de la figura de la madre, y la posibilidad de una constancia objetal emocional de ésta aún durante su ausencia física. Este hecho capital le posibilita al niño una creciente autonomía, puesto que ahora ya no teme perder a la madre protectora que lo acompaña en todo lo que hace. La internalización de la imagen materna desemboca así en la mayor tranquilidad con la que se puede explorar el mundo externo, alejándose aún de los adultos con los cuales ha comenzado a suplantar a la madre ausente. La relación objetal madura y donativa se desarrollará luego de algún tiempo a partir de estos precursores.

 

Mientras tanto, el mundo exterior se ha vuelto cada vez menos caótico al lograrse la comprensión de la persistencia del objeto más allá del control sensorial. Ello permite a quien está entrando en el tercer año de vida, un sentimiento estable del mundo y de su propia entidad en él (límites del Yo).

 

Para finalizar, Mahler piensa que este período no es una subfase del proceso de separación-individuación en el mismo sentido que las anteriores "puesto que tiene su extremo abierto por el lado de la mayor edad" . Estos logros se siguen perfeccionando durante toda la vida.

 

Una revisión evolucionista de los criterios de Mahler

 

A pesar de que Mahler y Spitz no se decidieron a abandonar todos los postulados teóricos derivados de su formación psicoanalítica, resulta notorio que algunas de sus observaciones los condujeron a sostener puntos de vista muy diferentes al principio de Nirvana. Tales puntos de vista están apenas esbozados en sus publicaciones, pero lo insinuado puede encontrar un significado más amplio si lo analizamos desde la concepción evolucionista que sustenta esta obra.

 

La revisión que a partir de aquí proponemos se fundamenta en la apreciación crítica publicada por uno de nosotros (Maffei 1989, 1991) sobre las fases de autismo normal y de simbiosis postuladas por Mahler. Lo que intentamos es entender los estadios propuestos en una perspectiva compatible con un modelo evolucionista. Por extensión, esta revisión supone también una óptica divergente con otros conceptos similares a los de Mahler, como son los de narcisismo primario postulado por Freud y de estadio anobjetal de Spitz.

 

Ante todo sabemos que durante el embarazo el feto y la madre conforman una sólida unidad simbiótica. Es por ello que parece justificado denominar a todo ese período, etapa simbiótica primaria. El hecho traumático del parto rompe esta estructura dual sólidamente afianzada, de manera que el llamado autismo normal bien podría ser pensado como una inhibición "catastrófica" transitoria del proceso evolutivo, resultante del brusco cambio en las condiciones del medio, con la aparición de una multitud de nuevos estímulos internos y externos que el bebé debe aprender a procesar.

 

De manera que el nacimiento puede considerarse como una crisis evolutiva más, en el sentido en que las hemos definido en la primera parte, porque implica una serie de cambios acelerados al servicio de la continuidad del desarrollo, que conducen a un nivel de organización más complejo. Los cambios corresponden a la interrupción de la etapa simbiótica primaria, y consisten en las reacciones de adaptación a las nuevas circunstancias vitales que supone la pérdida de aquélla.

 

Pero esta experiencia traumática no va a frenar durante mucho tiempo la tendencia metahomeostática que impulsa al ser humano a dirigirse hacia el mundo. Dicha tendencia es, por otra parte, correlativa al equipo reflejo con que emergemos de la etapa intrauterina. Recordemos lo mencionado al hablar de psicología prenatal, en referencia a que dicho equipo reflejo y sensorial se encuentra -desde un principio-, dispuesto para la adaptación al mundo externo, y no para el aislamiento con respecto del mismo.

 

Winnicott reconoció también la existencia de una tendencia innata al desarrollo, que según se ha postulado en la primera parte, sería lo perturbado en los procesos psicopatológicos.

 

Como hemos dicho, el niño nace con un poderoso impulso a abrirse al mundo, para cuyo logro cuenta con instrumentos tan incipientes como eficaces, que han sido designados por Hartmann como equipo de autonomía primaria y por Piaget como ejercicios reflejos. Pero el parto implica un cambio tan profundo y extenso en las condiciones vitales, que dichos instrumentos resultan transitoriamente inhibidos.

 

Según una ya aludida observación de Maslow, cuando un ser humano no puede controlar el ambiente intenta ajustarse a él, y si también fracasa en esta tarea, se enferma. Esta sería la razón por la cual el recién nacido recurre a la adecuación homeostática adaptativa, ya que la tendencia al control metahomeostático se encuentra inhibida por la situación de "shock". Por tal motivo el bebé intenta mantener todo el tiempo posible el estado de reposo, aceptando el nivel mínimo de estímulos que puede procesar. De confirmarse esta interpretación, no habría necesidad de recurrir a conceptos tales como el de barrera o caparazón autística del bebé normal, ya que la fenomenología observada durante el período postnatal podría considerarse sólo como un paréntesis evolutivo, en el que, de todas formas, pueden constatarse indudables signos de que se está ensayando un tanteo sensorial precoz del medio. Por ejemplo, ya desde la primera semana de vida extrauterina hay fijación de la mirada en un punto luminoso (siempre que el mismo no sea intenso), así como posibilidades de discriminar la voz materna, respondiendo a ella con determinados aprendizajes.