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DESARROLLO DE LA AFECTIVIDAD

Introducción

Miedo

Agresividad

Estímulo

Amor

 

INTRODUCCION

 

Tanto en buena parte de la bibliografía especializada como en el lenguaje popular existe bastante confusión en cuanto al uso que debe darse a términos tales como "afectivo" y "emocional", y con frecuencia resultan poco claras las diferencias existentes entre los estados descriptos con las palabras emoción, afecto y sentimiento. Por tales motivos nos ha parecido conveniente comenzar la exposición de este tema -el desarrollo de la afectividad-, con una delimitación más precisa del vocabulario que vamos a emplear. Ello nos permitirá exponer luego con mayor claridad las líneas evolutivas que consideramos fundamentales en el área referida.

 

ALGUNAS DEFINICIONES PRELIMINARES

 

Recurriendo a una definición académicamente poco satisfactoria, pero operativa a los fines didácticos, vamos a entender aquí por "vida afectiva" a la que comprende todas las respuestas posibles frente a estímulo s que nos "afectan'' o desequilibra n (tanto internos como externos). Nos atendremos a la definición incluida en por el clásico Diccionario Etimológico de Barcia, según el cual afectar equivale a "hacer impresión algo en una persona, causando en ella alguna sensación".

Los afectos del ser humano adulto, así entendidos, son múltiples y variados pero, en correspondencia con todo lo que venimos estudiando, su origen se encuentra en una matriz menos diferenciada. De hecho, como vamos a ver más adelante, toda la compleja trama de afectos que se desarrolla a lo largo de esta línea evolutiva parten de dos emociones básicas y primarias que se pueden constatar desde el nacimiento: las que implican aceptación del estímulo y las que implican rechazo del mismo.

Pero ¿qué significa la palabra emoción que acabamos de utilizar, y en qué difiere del sentimiento? Algo más adelante brindaremos la definición que nos parece más operativa, pero previamente será oportuno reseñar la opinión de otros autores sobre el particular.

 

Luego de haber establecido -implícitamente- una continuidad filogenética que comienza con la irritabilidad celular, pasando por la actividad neuromotriz, para llegar por fin a la sensibilidad y a la sensorialidad, el clásico Tratado de Dumas delimita la categoría de los estados afectivos incluyendo en ellos lo agradable y lo desagradable, el dolor y el placer, las emociones, las necesidades y las tendencias instintivas. La definición de emoción que brinda el mismo Dumas (1948), merece ser citada extensamente: "Las emociones (...) son estados complejos, compuestos psicológicamente por tendencias excitadas, molestadas, enloquecidas, rebeladas, etc., a veces complicadas con impulsos, como sucede en la cólera, la angustia , el miedo, siempre acompañadas de modificaciones orgánicas, algunas de las cuales aparecen como localizadas y otras como difusas, y de un estado de conciencia correspondiente, que puede ser, según los casos, agradable, penoso o mixto" . Este autor incluye entre las emociones: la tristeza, la alegría, el miedo y la cólera, y a la vez discute el concepto de emociones primarias innatas, que analizaremos algo más adelante.

 

Por su parte Martins (1977), en la "Enciclopedia de Psiquiatría", buceando más en la doctrina, nos presenta dos teorías básicas sobre las emociones:

"Teoría periférica: La emoción sería resultante de la percepción de las reacciones somáticas y viscerales desencadenadas por el estímulo sobre el organismo. La tristeza sería secundaria al llanto, y la alegría a la risa (...).

Teoría central: La emoción sería resultante del significado adquirido por el estímulo , interpretado por las estructuras de integración del sistema nervioso central (...): estímulo : significado + tendencias = experiencia emocional, comportamiento emocional" .

 

E1 mismo articulo atribuye a los sentimientos el carácter de "aspecto puramente subjetivo de la vida psíquica" al margen de la relación con los objetos (definición por cierto muy cuestionable), y los clasifica -a la manera de la psicología clásica- en personales y sociales. Entre los sentimientos personales coloca a los que corresponden a funciones orgánicas (hambre, sed, saciedad, fatiga, reposo), y los que se refieren a funciones psíquicas (amor propio, orgullo, vanidad, vergüenza, odio, venganza, aprehensión, ansiedad, temor, angustia ). Entre los sociales considera a los sexuales y familiares (amor, tristeza, ternura) y los sociales (seguridad, dependencia, inseguridad, aislamiento, imitación, sumisión, confianza, veneración, respeto, abandono, simpatía, benevolencia, piedad, amor, amistad, odio, etc.).

 

En las listas precedentes, tanto las características heterogéneas de su composición como la inclusión del amor en dos lugares distintos, nos hablan claramente de las dificultades que implica la delimitación de áreas diferenciadas dentro del ámbito de lo afectivo.

 

Por nuestra parte, sin entrar en el campo de la especulación, y recurriendo a un sentido puramente didáctico y operativo, hablaremos de vida afectiva para referirnos a todo el mundo psíquico visto desde el punto de vista de lo que nos afecta o desequilibra . Emplearemos la palabra emociones para describir episodios afectivos agudos, transitorios, no necesariamente ligados a representacioens mentales, y con un importante componente orgánico (neurovegetativo). En cambio, hablaremos de sentimientos cuando estemos aludiendo a fenómenos afectivos no agudos, de carácter permanente o por lo menos de mayor duración, siempre ligados a representaciones mentales, y con una participación corporal relativamente menor.

 

Lo que antecede implica que los sentimientos son aspectos más evolucionados de la vida psíquica, que sólo resultan posibles a partir de mediados del segundo año de vida (cuando aparecen las representaciones mentales), mientras que las emociones pueden darse desde el mismo momento del nacimiento, y, según observaciones más recientes, como las aportadas por los estudios ecográficos, desde el periodo prenatal.

 

LOS PRIMEROS PASOS DE LA VIDA EMOCIONAL

 

Las emociones son entonces los estados más primarios de la vida afectiva, a partir de los cuales se diferencian todos las demás. Ahora bien, ¿cuáles son las primeras emociones que se pueden hallar en la vida infantil? Algunos psicólogos creen en la existencia de emociones innatas específicas desencadenadas por estímulo s de una cualidad determinada. Lo que puede ejemplificarse con los trabajos de Watson y Morgan, que sostienen que nacemos con un "grupo de reacciones emocionales que pertenece a la naturaleza original y esencial del hombre: miedo, ira y amor (empleando el término amor aproximadamente en el mismo sentido que para Freud tiene el término sexo)" (Watson et al., 1965).

 

Si bien estos autores se preocupan de advertirnos que usaron estos términos con muchas reservas, y que estarían dispuestos a una nomenclatura abstracta (reacciones "X", "Y" y "Z"), optaron, sin embargo, por utilizar aquellos vocablos presuntamente cuestionados. Y por pertenecer a la escuela conductista, definen comportamentalmente cada una de las reacciones emocionales de la siguiente manera:

 

- Miedo: apnea, reflejos de prehensión, parpadeo y llanto, producido por privación brusca de la base de sustentación (esto es, la privación de las condiciones habituales de ser en el mundo), ruidos fuertes, movimientos bruscos aplicados durante el sueño.

- Ira: rigidez corporal, movimientos bruscos de los cuatro miembros, apnea y llanto, producido por obstaculización de los movimientos.

- Amor: sonrisa (y hasta cese del llanto), arrullo, extensión de los brazos, producido por caricias en zonas "erógenas", movimientos suaves mecedores, palmoteo, etc.

 

Diez años más tarde Sherman realizó una prolija verificación de este trabajo, recurriendo a una metodología inobjetable desde el punto de vista técnico, aunque reveladora de un alarmante grado de crueldad. En niños de hasta doce días exploró las reacciones de ira y miedo, usando como estímulo s el hambre, las caídas súbitas, la sujeción de la cabeza y los pinchazos en la mejilla con una aguja. Seleccionó entonces a los que denominó observadores "calificados" (graduados de psicología y estudiantes de tercer año de medicina). A un grupo de ellos le presentó la filmación de los estímulo s y sus correspondientes respuestas, pidiéndole que le pusieran nombre a las emociones comprobadas. A un segundo grupo le requirió lo mismo, pero suprimiendo las escenas de aplicación del estímulo . A1 tercer grupo, y siempre con el mismo pedido, le mostró las películas completas, pero trasponiendo los estímulo s. Y a un último grupo le presentó la respuesta en vivo, luego de haber estimulado al bebé detrás de una pantalla. No hubo diferencias significativas entre los observadores en cuanto al número de emociones diferentes elegidas, ni en cuanto a la poca frecuencia de "éxitos" en sus opciones cuando no tenían presente el estímulo .

 

Este trabajo, deplorable desde el punto de vista ético, permitió, a pesar de ello, asestar un golpe mortal a la teoría de la existencia de emociones específicas innatas. En este mismo sentido de negar una supuesta especificidad, apuntan las experiencias demostrativas de que un mismo estímulo produce reacciones opuestas según cual sea su intensidad.

 

En realidad parece ser que evolutivamente la reacción emocional específica (ira, miedo y amor) surge luego de un largo proceso de diferenciación, que comienza a partir de una forma de experiencia afectiva más primitiva e indiferenciada, que consistiría en la aceptación o en el rechazo del estímulo . A través del tiempo ambas formas de reacción se van orientando hacia la especificidad, así como hacia una mayor diversificación en cuanto a la fenomenología conductual.

 

Parece conveniente aclarar nuevamente que la característica que produce la aceptación o el rechazo primario del estímulo no es la totalidad cualitativa de éste, sino que está relacionada más bien con la intensidad de su aplicación (fenómeno descripto por Dumas y que también anteriormente había sido postulado por Freud).

 

Por todo lo hasta aquí expresado, parece válido suponer que de esta afectividad temprana derivará muy precozmente y por diferenciación, el sistema bipolar placer-displacer, y más tarde, a lo largo del primer año de vida, las emociones específicas descriptas por Watson (ira, miedo y "amor"), que nos plantean la existencia de tres líneas evolutivas diferenciadas en la vida afectiva. Ellas nos servirán de base para nuestra exposición del tema. En cada una se produce un proceso de diferenciación y complejificación, que implica el enriquecimiento de las conductas expresivas, tanto a través de una integración con diversas representaciones mentales, como de una atenuación del componente orgánico (característica también propia del proceso de hominización en el área de la vida psíquica). El mismo proceso evolutivo conduce al nacimiento de los sentimientos correspondientes a las emociones específicas.

 

Las emociones que implican rechazo del estímulo se diferencian más tarde en miedo y agresividad. En esta área consideraremos también brevemente el llanto, una de las primeras manifestaciones claras de rechazo del estímulo .

 

De la misma manera, las emociones de aceptación del estímulo constituyen un precursor evolutivo del amor, entendido en el sentido que le da Freud a la palabra sexualidad (remanente evolutivo del bio-amor), y que con la diferenciación del Yo dará paso al amor humano de naturaleza personal.

 

DESARROLLO DE LAS EMOCIONES QUE IMPLICAN RECHAZO DEL ESTIMULO

 

El llanto

 

Una de las conductas humanas que más ha atraído la atención de los psicólogos es el llanto, tal vez porque, entre otras características, tiene la de manifestarse desde el mismo momento del nacimiento, y aún antes, si nos atenemos a recientes observaciones ecográficas.

 

Son bien conocidas las interpretaciones por demás fantasiosas o simplemente especulativas que ha motivado este llanto "inicial", como la de Rank, para quien expresaba la pérdida de la ternura y paz prenatales. Estas formas de entender el llanto se han visto reforzadas cuando las explicaciones causalistas como Wallon quedaron definitivamente descartadas. El investigador citado atribuía el llanto a un fenómeno puramente mecánico: el desencadenamiento del primer reflejo de Hering-Breuer con espasmo de glotis.

 

Pero detengámonos en esta la última hipótesis, pues todavía ocupa un cierto espacio en la bibliografía -sobre todo en la médica-. Para ella, el llanto del recién nacido representa un fenómeno puramente mecánico, que se produciría como una consecuencia fisiológica refleja del primer llenado gaseoso de los pulmones. Tal postulación quedó descartada cuando en los países civilizados comenzó a difundirse el método del parto sin violencia, en el cual no se comprueba el clásico grito, a pesar de que sí se pone en funcionamiento el mencionado reflejo. Por otra parte, como ya comentamos se verificó ecográficamente la existencia de movimientos de llanto en el período prenatal. Este hecho, como es fácil de inferir, no sólo echa abajo la hipótesis del origen reflejo del primer llanto, sino también la teoría del Nirvana prenatal, pues cabe preguntarse sobre la credibilidad del supuesto Edén intrauterino a la luz de reacciones de rechazo de algo de lo que lo constituye. Como se ve sigue siendo incierta la razón de este llanto primario, si bien se continúa afianzando la hipótesis según la cual en dicha causalidad juega un importante papel el psiquismo.

 

En los primeros meses de vida extrauterina las motivaciones posibles del llanto aparentemente son exiguas. Para Guillaume se reducen al dolor y a la necesidad fisiológica postergada. Pero con el tiempo tales motivaciones se van diversificando hasta tal punto que los clásicos de la escuela francesa (Zazzo y Gratiot-Alphandéry) pudieron enumerar otras como el dolor, el hambre, el sueño, la impaciencia, la cólera, el temor, y hasta la alegría. De allí que estos autores infieran una vida afectiva mucho más rica de lo que la aparentemente monótona y pobre expresividad de los niños pequeños permitiría suponer a un observador no informado.

 

En definitiva podemos afirmar que el llanto no responde a una causalidad única y excluyente, sino a muy diferentes mecanismos psíquicos. Además se manifiesta de muy diversas maneras, como lo demostró Ch. Bühler en sus estudios sobre las distintas modalidades de modulación del llanto. Por otra parte esta conducta -que recién se asociará a las lágrimas desde el segundo mes de vida extrauterina- muy pronto deja de ser sólo una manifestación expresiva de fenómenos intrapsíquicos, para insertarse en una complicada trama de interacciones sociales que lo conducirán a constituir, entre otras razones, una apelación a la benevolencia del adulto. Sea como fuere, este comportamiento revela, casi sin excepción, un rechazo del estímulo , por lo cual se presenta como una de las primeras manifestaciones de las dos emociones que estudiaremos en este apartado: el miedo y la agresión.

 

Con respecto a estas últimas expresiones hemos de decir que cuando el sujeto rechaza un estímulo puede hacerlo de dos maneras: intentando excluir del campo al estímulo en cuestión, o procurando excluirse a sí mismo de aquél. En el primer caso hablamos de agresión, y en el segundo, de miedo.