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Evolución del amor
De lo que antecede se desprende naturalmente que hablamos de amor, a la manera de
Teilhard, para referirnos a las atracciones de naturaleza personal. E1 amor así considerado no es
un mero epifenómeno de la atracción biológica (que en la primera parte llamamos
bio-amor, el que a su vez precede al amor humano en la evolución, tanto filogénica como
ontogénica), sino una actividad específicamente humana, definida por la notas
características que describiera Fromm. ¿Cómo puede ser entendido en el
recién nacido este amor, tan refinadamente analizado por la antropología filosófica
como por la antropología bíblica?. Responderemos con una extensa cita de Rof Carballo
(1976): "E1 hombre, por encontrar al nacer un mundo de afecto, puede ir cerrando esa
interminación de estructuras nerviosas que se abrían al mundo de los demás,
inconclusas, incompletas, para tener así, exigitivamente, so pena de morir, que incorporar
ambiente, esto es, pautas de percepción, orden cultura l, mundo. E1 hombre
incrusta de esta suerte en su ser a los otros, al prójimo, con su afecto o su desamor. Esto no
sería posible sin esa singular floración del impulso sexual que es el amor
diatrófico, tutelar" .
| El niño nace sin posibilidades de amar -si consideramos ese vocablo en
términos de sentimiento adulto- pero con una maravillosa capacidad de
identificación, de manera que desde los primeros movimientos en tal sentido puede
incorporar las pautas afectivas del medio que, en última instancia, configurarán el
marco para la expresión de la natural necesidad de apertura y oblación. |
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La imposibilidad de explorar más directamente los sentimientos del niño
pequeño nos induce a descartar la discusión sobre la realidad de su existencia, y a
aceptarla sólo cuando podemos inferirla a partir de las diversas manifestaciones emocionales. En
tal sentido es indudable que, desde el tercer mes, la sonrisa social descripta por Spitz puede ser
considerada un precursor evolutivo de los sentimientos, ya que es una respuesta emocional que evidencia
un movimiento afectivo despertado por seres humanos o por sus sustitutos. El bebé que
sonríe ante la voz de su madre está anticipando el "dar" de su futuro desarrollo
afectivo, pero es tan amor la motivación de su conducta, como puede ser sexualidad el chupeteo no
alimentario del pezón materno en el recién nacido. Por este motivo lo consideramos un
precursor evolutivo del amor: no olvidemos que esta sonrisa preanuncia la salida del narcisismo.
Desde el bebé de pocos meses que manipula cualquier objeto sobre las manos de su
madre, aunque sin soltarlo, hasta el deambulador que necesita llenar el regazo materno con los objetos
interesantes descubiertos en el entorno, hay un largo camino antropológico. No hemos de creer que
la primera de ambas conductas responde a algo así como una tendencia a la posesividad, sino que
tiene que ver más bien con la escasa facultad para controlar el movimiento de extensión de
los dedos, la confusa discriminación de los objetos externos, y la imperiosa necesidad de
exploración manual. Por otra parte este fenómeno es suficientemente significativo de la
preeminencia del narcisismo en esta fase. La segunda experiencia aludida (ya en el segundo año de
vida) ha sido interpretada por Mahler (1975) de la siguiente manera : "más o menos en
torno a los quince meses, la madre ya no era sólo una base de operaciones; parecía
estarse transformando en una persona con la cual el deambulador deseaba compartir sus descubrimientos
del mundo, cada vez más amplios" (el subrayado es nuestro).
El niño de este recién iniciado segundo año ya cuenta con
intencionalidad, una cierta noción de objeto, capacidad para la imitación diferida,
control sobre la extensión de sus dedos, y adecuados procesos de identificación; en
síntesis, todos los atributos como para que pensemos que al "dar" sabe lo que hace, y
lo inscribe en el marco de un vínculo afectivo privilegiado. Parece entonces bastante justificado
hablar de acto de amor, no porque sea el único posible -ni tal vez el primero-, pero si el
más claramente identificable en tan precoz etapa.
Esta primera manifestación de amor oblativo abre un curso evolutivo que, con la
ayuda de los progresos de la operatividad intelectual, permitirá luego un reconocimiento
diferencial de los roles paterno y materno. Al comienzo, para el niño, el grupo familiar se
reduce a un ángulo del cual él se siente el vértice. Pronto la mejor
percepción de la realidad le hace ver que se trata, más bien, de un triángulo, uno
de cuyos lados es totalmente ajeno a su control. Ese lado representa el vínculo de los
progenitores entre sí. Esta situación triangular es otra manera de ver el conflicto
edípico. Pero preferimos esta denominación porque consideramos que la tragedia de Edipo
consistió en la posibilidad real de matar y reemplazar al padre y tener relaciones sexuales con
la madre. En cambio esta posibilidad no se da fisiológicamente en el niño de cuatro o
cinco años. Lo que le sucede a éste es que tiene que comenzar a aceptar que las
demás personas del mundo, y especialmente la madre, tienen relaciones en las que el no participa.
Esto lógicamente produce vivencias de exclusión, temor a perder el amor de los padres
(pues el amor se vive como una cantidad concreta, no como una capacidad, por lo cual tener que
repartirlo con el otro progenitor -o con un nuevo hermano- implica tener menos cantidad para sí),
envidia de la relación, y celos del competidor. La relación con cada progenitor se vuelve
entonces conflictiva, pues cada uno de ellos resulta, a la vez un rival y alguien amado y necesario.
Como en nuestra cultura dicho conflicto es más acentuado con respecto a la
figura parental del mismo sexo, ésta será la que predomine en el mecanismo defensivo de
identificación, con el cual se intentará solucionar la situación descripta.
Mientras tanto, y ya desde fines del segundo año de vida, las manifestaciones de
cariño van siendo notables y progresivamente abundantes: caricias, besos, abrazos, son a esa
altura incuestionables, si bien ciertos autores como Jersild dicen haberlas observado ya desde el octavo
mes. Indudablemente, tan precoces manifestaciones integran, junto a la sonrisa del tercer mes, el
capítulo de los precursores evolutivos del amor, dado que el objeto que recibe unas y otras no
está totalmente separado del sujeto, y estas conductas pueden ser consideradas todavía un
epifenómeno de las necesidades orgánicas del niño, como sostiene Zazzo.
Será conveniente adelantarnos a la objeción de que tales actividades
placenteras no debieran juzgarse como precursores evolutivos del amor donativo. A1 respecto recurrimos a
Gratiot Alphandéry y Zazzo, quienes se preguntan: "¿Quién es el adulto
cuyas actividades más altruistas no van acompañadas siempre de algún grado de
satisfacción egocéntrica del placer que extrae de ellas?" .
Todo lo hasta aquí expuesto sucede en el marco afectivo en el que el niño
se desenvuelve, interactuando con su madre. El bebé, nacido en un ambiente afectivo, con una
profunda necesidad de ternura y sin una distinción clara de lo interno y lo externo, vive el amor
como clima habitual de su impreciso mundo. Cuando se "separa" de su madre en el segundo año, y ya
establecido el mecanismo de identificación, comienza a diferenciar el afecto que da de aquel que
recibe. Sin embargo, aún no podremos hablar de intencionalidad donativa hasta tanto no se hayan
manifestado también hacia el papá (luego de superada la etapa edípica) aquellas
mismas conductas oblativas que en el período anterior eran nacidas principalmente de las demandas
que el bebé vive frente a su progenitora. Al respecto y si bien ya han sido publicados trastornos
por carencia de la figura paterna, hemos de decir que este último vínculo depende mucho
más de la personalidad del adulto implicado que el establecido con la madre, y esto no es
sólo válido en el comienzo de la relación, sino durante gran parte de la
evolución posterior.
Poco a poco los sentimientos donativos van siendo dirigidos a nuevos personajes, con lo
cual el espectro afectivo se abre más allá de la familia, hallándose entonces
conductas que hablan de altruismo y simpatía. La simpatía, "que implica
participación conjunta de las penas y alegrías de otra persona, se presenta, en un
primer momento, muy confundida con el contagio afectivo. En el altruismo en cambio -escribe
Wallon- "es la misma existencia o la personalidad de los demás lo que constituye la
razón de obrar y a veces de sacrificarse uno mismo con plena conciencia del sacrificio".
De acuerdo a las definiciones que anteceden consideramos que la simpatía puede ya
intervenir en la vida afectiva de niños preescolares, por lo menos desde los dieciocho meses de
edad, pero que el altruismo no es pensable antes de los siete u ocho años. Estas conductas tienen
sus precursores en el interés por otros niños, que había hecho su aparición
en el segundo semestre, aunque todavía resultaba muy marcado por el egocentrismo y la
indiscriminación, de manera tal que el otro era un objeto manipulable apenas privilegiado. Muy
pronto esa forma de vínculo sufrirá una profunda modificación, y ya durante el
segundo año, cuando otra criatura llora "la forma principal de intervención (...)
es aquella en que el niño intenta espontáneamente consolar".
A partir de aquí el desarrollo de esta línea evolutiva se entronca con el
proceso de la socialización, en tanto implica la salida afectiva hacia el medio extrafamiliar,
que culminará mucho después con la elección de pareja. En ese momento se
completará la evolución de esta dirección evolutiva hacia su culminación en
el amor humano adulto, dialogal, estable, donativo y creativo.
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