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Los estmulos que son aceptados segn la produccin del placer
el juego infantil
 
 

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DESARROLLO DE LAS EMOCIONES QUE IMPLICAN ACEPTACION DEL ESTIMULO

Precursores evolutivos del amor

Los estímulos que implican aportes para la satisfacción de necesidades del organismo (tanto alimentarias como exploratorias) son claramente aceptados por el sujeto desde el nacimiento, siempre que la intensidad de los mismos no sea exagerada. Al respecto se comprueba que en las primeras horas de vida resulta tan aceptable una luz tenue como el alimento, o los movimientos suaves de la mecedora, así como poco después lo serán el contacto con la madre, las caricias, los objetos manipulables, etc.

El entrecruzamiento de la experiencia afectiva con las líneas del desarrollo cognitivo que permiten hablar de intencionalidad y de noción de objeto (con la posibilidad consiguiente de relaciones objetales diferenciadas) a partir del segundo año de vida, vuelven posible un nuevo tipo de conexión con el medio.

La palabra amor resulta entonces mucho menos inadecuada que cuando la empleaba Watson para describir el efecto de sus experimentos con recién nacidos (efectos que pueden ser considerados tan sólo como precursores evolutivos del amor). Por ello es oportuno aclarar el sentido con que vamos a emplear el término amor en esta obra. Para ello haremos previamente una breve revisión de algunas de las posiciones más básicas sobre el particular en la evolución del pensamiento psicoanalítico.

El amor en el pensamiento psicoanalítico

Dos conceptos resultan centrales en la concepción freudiana sobre el amor: en primer lugar, el que se refiere a la diferencia entre amor y sexualidad genital; en segundo término, la cuestión sobre cuál es la génesis del amor al prójimo en cuanto objeto libidinal distinto del Yo.

En "Introducción al psicoanálisis" (1915), Freud da un primer paso en dirección a la distinción entre amor y genitalidad al decir que "hablamos, sobre todo, de amor, cuando las tendencias psíquicas del deseo sexual pasan a ocupar el primer plano, mientras que las exigencias corporales (...) que forman la base de dicha pulsión se hallan reprimidas, o momentáneamente olvidadas" (Freud, 1915). Sin embargo esta distinción queda relativizada en el seno de esa misma reflexión, puesto que implícitamente se está definiendo el amor como una sublimación de exigencias corporales reprimidas. El amor sería entonces, para Freud, la pulsión sexual sublimada, y la anotada distinción, una de las tantas intuiciones freudianas desgraciadamente no desarrolladas.

Por otra parte (y de la misma manera que señalábamos al hablar de la agresión), este pensador postulaba que el hombre tiene sólo dos alternativas posibles en el manejo de la pulsión sexual, y ambas resultan mutuamente excluyentes: amarse a sí mismo o amar a los demás. E1 primer tipo de amor es anterior en el tiempo, y se explica a través del concepto de narcisismo primario: precoz estadio durante el cual la libido estaría investida sobre sí mismo. El recién nacido se ama entonces a sí mismo en forma "narcisista", autoerótica. Pero, ¿como se entiende la aparición del amor hacia el otro, en cuanto objeto libidinal distinto del Yo?. Freud piensa que el amor objetal surge cuando el narcisismo (que es equivalente aquí a "amor a sí mismo") se ve atraído parcialmente por un objeto que satisface sus necesidades, y que resulta entonces sobrevalorado. La libido que estaba puesta en el Yo se extiende en parte hacia el objeto. Cuando sucede tal cosa, este último se vuelve omnipotente y puede absorber al Yo. Es fácil concluir que en esta posición no hay lugar para que el amor a sí mismo coexista con el amor objetal. En este orden de ideas, y según se desprende de lo visto en el capítulo I, podemos pensar que definir el amor como resultado de la renuncia al narcisismo implica situarlo en vinculación con la relación simbiótica madre-hijo, en cuanto que en ella se da una difuminación de los límites del Yo, con ausencia de individuación. En esta concepción se supone que todo amor posterior tendría su origen en la primitiva relación simbiótica con el primer objeto libidinal, y constituiría en cierto modo una regresión a aquella. Para la superación de estas ideas deberá esperarse hasta la formulación de los principios básicos del pensamiento de Fromm. Por ahora sólo nos interesa señalar que, si bien los mecanismos "regresivos" no representan el fundamento del amor humano personal, en el sentido que aquí se le dará, se encuentran en cambio en la base del fenómeno que conocemos como enamoramiento, que constituye su precursor evolutivo.

Las posiciones que se han mencionado, coherentes con el resto de la teoría freudiana, evolucionaron a través de dos caminos opuestos: el de Klein, que radicalizó la postura de su predecesor, y la de Reik o la de Fromm, que la trascendieron a través de un mejor ajuste a la realidad.

Como ya hemos explicado, Klein sugiere que, a partir de la unificación de los objetos bueno y malo en un mismo objeto total, los impulsos destructivos del bebé para con este último constituyen el origen de ansiedades depresivas, que serían resueltas por medio de los intentos de reparación que procuran restaurar el objeto fantásticamente dañado.

Semejantes intentos de reparación se transformarían en el fundamento del amor, entendido aquí como una respuesta activa que se preocupa por recuperar y preservar la integridad del objeto, aunque siempre en su calidad de proveedor de satisfacción libidinal. Es evidente que se sigue entendiendo el amor como una mera extensión del narcisismo. La confianza en la posibilidad de lograr esta reparación objetal surgiría en el bebé como una consecuencia de sus éxitos evolutivos espontáneos, pues en ellos comprueba el placer que le está brindando a los demás (Segal, 1965).

La superación de estas concepciones puede advertirse con mayor claridad en "Psicología de las relaciones sexuales" de Reik, quien logra, por primera vez en el campo psicoanalítico, separar el amor de la atracción sexual. Para este autor, el amor proviene de los impulsos del Yo, y su carencia reduce el efecto placentero del acto sexual, cuyo objetivo es sólo el de aliviar la tensión física.

Reik sostiene que el hecho de que en la ternura se encuentren rastros de deseos sexuales no demuestra nada, pues "afinidad no significa identidad" (Mandolini Guardo, 1965). Del mismo modo que Fromm, nuestro autor inscribe el origen del amor en la fenomenología cultura l, mientras que el del sexo lo hace en las exigencias de la naturaleza. En el sentido que venimos glosando afirma que "en el sexo existe el impulso de liberarse de una tensión orgánica; en el amor hay un deseo de huir de los sentimientos de la propia imperfección. E1 sexo elige un cuerpo, el amor, una personalidad (...) el sexo no establece distinciones, el amor elige una persona definida". Y más adelante, sostiene que "aún los individuos sexualmente satisfechos, pueden continuar experimentando ansias de amar" (Ibid).

Para Reik, tanto filo como ontogenéticamente, el impulso sexual aparece antes que el amor, pero sus caminos son paralelos, no se vinculan genéticamente. De esta manera niega que la ternura o la amistad sean sexualidad sublimada, y mucho menos que los progresos cultura les resulten de aquel proceso defensivo. El amor y la cultura nacen del Yo. Es la energía proveniente del Yo la que puede estimular las apetencias espirituales del ser humano.

Por su parte Fromm toma mucho mayor distancia con los presupuestos freudianos básicos. En "Etica y Psicoanálisis" sostiene que el hombre sufre las consecuencias de la pérdida de la unidad con el mundo que tenía en la forma de existencia pre-individual (animal), y que lo manifiesta a través de lo que podría denominarse angustia básica. El hecho del surgimiento del Yo individual, y de que al hombre no le basten las conductas innatas -instintivas y troqueladas- para adaptarse al medio, es causa de que emerja el sentimiento que Fromm llama "separatidad", y que hemos de entender como el exilio de la naturaleza.

Según hemos visto, la libertad de las cadenas del instinto es vivida con angustia, puesto que ellas le aportaban al hombre no sólo esclavitud, sino también seguridad. A este hombre que ahora está solo e inseguro, le quedan, reiteramos, dos caminos para superar la situación, en su intento de recuperar la unidad y una seguridad dinámica. Uno de ellos es progresar en la libertad positiva, vinculándose nuevamente con el mundo en forma creativa y flexible, mediante el desarrollo de los poderes activos del Yo. E1 otro es pretender negar la separatidad, intentando retornar a un estadio pre-individual ya inasequible, y renunciando con ello a la individuación y a la elección de un destino personal. Esto último nunca se logra realmente, pues la individuación es un hecho evolutivo irreversible, que se torna aún más notorio en la sociedad moderna con la pérdida del orden social inflexible del medioevo, que generaba esclavitud a las normas sociales, pero a la vez aportaba cierta seguridad. Por lo tanto hemos de reconocer que la renuncia al ejercicio activo de la individualidad y la libertad debilita al Yo, y lo vuelve aún más angustiado. Los medios regresivos para superar o negar esta angustia -cosa que nunca se puede lograr completamente- ya los hemos señalado en el apartado anterior.

Veamos cómo entiende Fromm la otra salida posible de esta situación angustiante, producida por la asunción de la "separatidad". Nuestro autor considera que de dicha situación se sale sanamente sólo a través del desarrollo pleno de los poderes activos del Yo: la razón y el amor. Por lo tanto e1 amor es entendido como la respuesta esencial al dilema humano fundamental: superar la separatidad del Yo respecto del mundo. Al comparar el amor con otros intentos evidentemente incompletos de superar la angustia básica, Fromm (1951) expresa que: "la unidad alcanzada por medio del trabajo productivo no es ínterpersonal; la que se logra en la fusión orgiástica es transitoria; la proporcionada por la conformidad automática es sólo pseudounidad. Por lo tanto constituyen meras respuestas parciales al problema de la existencia. La solución plena está en el logro de la unión interpersonal, la fusión con otra persona, en el amor" .

El amor genuino es una actividad del Yo, una facultad que éste desarrolla, y no una pulsión que lo arrastra. Al hombre ya no le alcanza con obedecer al instinto sexual para superar la separatidad. En este orden de cosas, el amor, no puede ser considerado como un afecto o una pasión, sino como una actividad del ser humano cuyo fin es unirse al mundo sin perder su individualidad. El amor verdadero es entonces un amor productivo, un amor apoyado e integrado en la creatividad: "se ama aquello por lo que se trabaja y se trabaja por aquello que se ama" (Mandolini Guardo, 1965). Además, el amor es unión interpersonal, conservando la personalidad individual de los amantes, sin diluirla en un magma común. Con respecto a este último punto, Fromm (1951) advierte que no cualquier clase de unión es amor, y afirma que "en contraste con la unión simbiótica, el amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad" . Como se ve estamos muy lejos de la visión freudiana del amor. Aquí se diferencia claramente la unión simbiótica del amor genuino, ya que la primera modalidad de unión no es más que un intento de negar la separatidad, sin superarla. Pero la necesaria característica de su coextensividad con la actividad productiva y creativa no basta para definir el amor, que queda mejor entendido con otras cuatro notas cualitativas, globalmente irrenunciables para poder afirmar su existencia: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento del objeto de amor. Notas que se pueden incluir en el concepto general de amor, tanto el fraterno como el erótico, el parental, el dirigido a Dios, o el vuelto sobre uno mismo. Esta última modalidad también había sido sostenida en "Etica y Psicoanálisis", cuando nuestro autor rechazaba la oposición excluyente entre amor a sí mismo y amor a los demás. Para Fromm ambos son coextensivos y recíprocamente necesarios, puesto que nadie puede amar a otro como individuo, y velar por el respeto de su integridad, si al mismo tiempo no se ama de la misma forma. Cuando el amor a otros va acompañado del desprecio a uno mismo, es asimilable a la unión simbiótica como intento de negar la propia individualidad.

Completaremos el concepto que este gran pensador contemporáneo planteó sobre el amor, con las siguientes afirmaciones extraídas de una de sus obras: "el amor es una acción, la práctica de un poder humano, que sólo puede realizarse en la libertad. Amar es fundamentalmente dar, no recibir. ¿Qué es dar? (...) constituye la más alta expresión de potencia. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho" (Ibid).

Aspectos filogenéticos del amor

A fin de presentar el criterio que sustentamos en esta obra no nos bastan las lúcidas reflexiones de Reik y de Fromm. El amor necesita ser entendido en cuanto dinámica esencial del nivel de organización reflexiva de la materia, tal como lo postulaba Teilhard, así como principio del orden de la hominización según sostiene Bally. Esto nos induce a plantearnos el problema de la evolución del amor en la filogenia, estudio que por cierto no resulta nada fácil. Con este fin recurriremos a la Biblia, no tanto en este caso como libro sagrado, sino como testimonio paleoantropológico de los orígenes de nuestra cultura . Trataremos de sintetizar aquí la evolución sufrida en este particular en los diversos textos, en la visión que fuera presentada por uno de nosotros (Maffei, 1991).

Ante todo advirtamos que, para referirse al amor, la versión griega de las Sagradas Escrituras no utiliza la palabra "eros", generalmente más vinculada con la gratificación de deseos, sino "ágape" cuya nota definitoria se aproxima más al concepto de donación.

En el Antiguo Testamento se encuentra una interesante selección de manifestaciones de lo que el hombre expresaba en los albores de la etapa histórica, y en los últimos tiempos del período anterior. Ya en el libro del Levítico (19, 17) se establece que "No odiarás a tu hermano en tu corazón; deberás reprenderlo convenientemente, para no cargar con un pecado a causa de él. No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo" . Si bien el sentido de prójimo está limitado aquí a los compatriotas, los demás hombres no quedan totalmente excluidos desde que Yahveh no es un dios local, sino el Dios del Universo, vale decir, de todos los hombres. Tal vez esta limitación explique el por qué de la menor solemnidad de esta sentencia si se la compara con la proclamación del amor a Dios: "Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt. 6, 46). Los dos primeros capítulos del libro de Amós están construidos sobre la base de una serie de amenazas a quienes sojuzgaren a otros pueblos. Por su parte es "Isaías" (1, 17) quien mejor delimita el valor sacrificial del amor fraterno : "¡Cesen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho, socorran al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda!". Otro tanto encontramos en varios profetas como Jeremías (9), Ezequiel (18, 59) y Malaquías (35). Los libros sapienciales llegan a condenar el desprecio hacia el prójimo (Prov 14, 21), mientras cantan a la "concordia entre hermanos" (Eclo 25, 1).

Sería muy largo reproducir todos los textos veterotestamentarios que se refieren al amor fraterno como necesidad u obligación, si bien en ellos se emplea rara vez la palabra amor. Así y todo podemos sostener como lo hace Wiéner (1965) que ,"antes de la venida de Cristo, el judaísmo profundiza la naturaleza del amor fraterno. En el amor al prójimo se incluye al adversario judío y hasta el enemigo pagano; el amor se hace más universal, aún cuando Israel conserva su papel central" . Es evidente que en la concepción judía, según se expresa en el Antiguo Testamento, el amor al prójimo se equipara a los otros mandamientos. La novedad aportada por el cristianismo consistió en darle el lugar central (Gál 5,22; 6,2; Rom 13,8s; Col 3,14). El amor fraterno llega a ser condición indispensable para el amor a Dios: "¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano a quien ve?" (I Jn 4,20). El amor adquiere su sentido gracias al modelo de amor que debe ser imitado, que es el del mismo Dios, y gracias también a que es El quien lo suscita en los hombres (1 Tes 4,9; Rom, 5,5; 15,30; 1 Jn 4,7). "La caridad cristiana" dice Wiéner " es vista, sobre todo por los sinópticos y San Pablo, conforme a la imagen de Dios que da gratuitamente su Hijo por la salvación de todos los pecadores" (Wiéner, 1965). Con ello el amor se manifiesta en su definitiva universalidad y se revela como fundamento del orden de la Evolución, y especialmente de la hominización.