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El miedo
Dumas (1948) cita una escueta definición de Sully, para quien el miedo es
"la reacción emocional causada por la representación viva y persistente de un
dolor o de un mal posibles" . Sin embargo, el autor citado adhiere a la crítica
formulada por Ribot, en el sentido de reconocer las dificultades para aplicar dicha definición a
las formas innatas e instintivas del miedo, que no pueden ser causadas por representaciones mentales.
Afirma que ante la emoción de miedo es necesario precaverse de hipertrofiar el papel de dichas
representaciones, ya que "la causa es a menudo un simple esquema en lugar de una
representación completa" (Dumas, 1948).
El miedo, que cuenta como precursores evolutivos a las conductas animales de alarma y de
huida, constituye una defensa del organismo frente a los peligros externos, y consiste en una serie de
cambios consecuentes a la secreción brusca de adrenalina por la glándula suprarrenal. En
los animales son numerosas las pautas conductuales que tienden a la defensa contra los peligros
externos, peligros que en general, están relacionados con la acción de los depredadores.
| Son ellas: la huída, el refugio, el disimulo o el enmascaramiento, el
mimetismo, la ostentación aposemática, la ficción (tanto de heridas como de
muerte), etc. Las expresiones de alarma encuentran su lugar entre las conductas de defensa
colectiva. En general todos estos comportamientos de defensa son heteroespecíficos, si bien
pueden presentarse también como manera de enfrentar a individuos de la misma especie.
Algunas de tales conductas son innatas. Por ejemplo, los polluelos recién salidos del
cascarán reaccionan con alarma y huída cuando pasa sobre ellos un halcón,
aún en ausencia de cualquier tipo de experiencia previa al respecto. |
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Igual comportamiento se desencadena si colocamos sobre los mismos polluelos una cruz de
madera obscura que posea las dimensiones aproximadas de un halcón con las alas extendidas. Dumas
afirma que el miedo puede ser desencadenado por un simple esquema -una gestalt-señal
diríamos en el lenguaje de Spitz- más que por una representación completa.
La emoción primaria miedo, es decir, la reacción afectiva ante una
impresión de peligro súbita y/o muy intensa, no ligada a representaciones mentales, o bien
ligada a representaciones confusas, más parecidas a esquemas de acción que a
imágenes de la realidad (lo que pasa con el pollo y la cruz de madera obscura), puede presentarse
de dos maneras distintas, a las que denominaremos miedo pasivo y miedo activo.
En el miedo pasivo predominan los fenómenos fisiológicos correspondientes
al ámbito de la inhibición, como el síncope cardíaco o la bradicardia,
parálisis, obtusión, inercia, hipotonía muscular. Un sujeto en estas condiciones
está aterrado (clavado en la tierra), y por lo tanto imposibilitado de cualquier forma de
defensa. Sin embargo sería factible considerar esta conducta como un remanente evolutivo, si la
asociamos con algunos comportamientos animales que hemos enumerado algo antes, tales el disimulo y la
ficción de muerte.
De cualquier manera la reacción más característica en el ser humano
es la de huída. Este es el caso del miedo activo, que en situaciones extremas puede llegar a
manifestarse por medio de movimientos desordenados, obtusión de la conciencia y anulación
sensorial. En este caso todo el aparato locomotor es llevado a su más alto grado de actividad y
resistencia, gracias precisamente a la descarga de adrenalina.
En general las dos reacciones, pasiva y activa, se asocian entre si, pudiendo predominar
cualquiera de ellas, o bien se suceden en el tiempo, conservando cada una algunos rasgos de la otra en
sus manifestaciones.
Desde el punto de vista de la psicología evolutiva nos interesará estudiar
cómo se manifiesta esta emoción desde los primeros tramos de la vida, y cuál es su
evolución posterior.
Es posible pensar que algunas características de la emoción miedo se
encuentran presentes ya en la vida intrauterina. En este sentido recordemos las imágenes
impactantes del cortometraje "E1 Grito Silencioso", en el que a través de la
ecografía se pudieron comprobar movimientos de "huida" de todo el cuerpo, y otros que
podían interpretarse como "gritos" (apertura y cierre reiterado de la cavidad oral) en
fetos amenazados durante el transcurso de un aborto instrumental. Fuera de esta situación, hemos
de mencionar como otros tantos precursores evolutivos del miedo a las reacciones de rechazo del
estímulo en el recién nacido que describieran Watson y Sherman en sus
respectivos y polémicos trabajos.
Durante el primer año de vida existen algunos estímulo s
capaces de provocar reacciones que pueden ser adscriptas a las precedentes. En general tales
estímulo s consisten en la privación de aspectos importantes del entorno
habitual, lo que puede ejemplificarse con sucesos como la pérdida de la base de
sustentación física, o la privación de la figura encargada del maternaje. Lo
característico de estos estímulo s es que anulan en el bebé la
orientación precozmente lograda en un mundo, en principio, caótico. Esto es equivalente al
temor a la pérdida del objeto, puesto que aún no se ha logrado la noción de la
constancia del mundo. Estos precursores evolutivos del miedo permanecen en la vida psíquica como
el temor demostrado ante aquellas situaciones de cambio brusco en la orientación en la realidad.
Cuando durante el segundo año de vida los objetos adquieren su constancia
temporal, y los padres se ubican definitivamente en el lugar de los proveedores de seguridad y afecto,
el niño teme, ante todo, aquello que lo amenace con la pérdida de esos aspectos esenciales
para su desarrollo (lo que hemos descripto como temor a la pérdida del amor del objeto, que puede
ser concebido como temor a la pérdida de la seguridad). Ahora bien, como éste y otros
temores son en gran medida inconscientes, pueden ser desplazados sobre otros objetos o situaciones
asociados a ellos. Por otro lado, ciertos procesos de condicionamiento pueden llegar a reforzar el
miedo. De esa manera, muchos estímulo s externos, que resultarían
naturalmente indiferentes, pueden llegar a convertirse condicionadamente en temibles.
Esta evolución hacia el miedo como sentimiento se produce porque el
desplazamiento y la proyección (como los concibe el psicoanálisis), y el condicionamiento
(en sentido conductista), comienzan a ocupar un lugar privilegiado en el desarrollo durante la etapa
aquí analizada. Veamos un ejemplo del segundo de dichos mecanismos. Si un niño, durante el
segundo año de vida, se enfrenta con una pequeña laucha blanca, demuestra de inmediato
interés y alegría. Pero si simultáneamente a ese contacto se lo somete a la
audición de un ruido breve, intenso y grave -el cual es capaz de provocar, ya desde el
nacimiento, una reacción de rechazo-, el interés y la alegría quedan sustituidos
por el temor. Si ahora esta asociación de experiencias se repite varias veces, llegará un
momento en que la sola presentación de la laucha provocará miedo en lugar de
interés. Esta es la forma en que se construye el primer mundo de lo temible en la visión
conductista. Con similar razonamiento, el miedo puede ser impedido en su constitución, o bien
descondicionado, por asociación con estímulos positivos.
Cuando tratemos la concepción piagetiana de la interacción entre
asimilación y acomodación, veremos por qué cada reacción de temor imprime
una señal modificatoria en el Yo, o en sus precursores evolutivos, y condiciona la respuesta
"miedo" en nuevas ocasiones.
En cuanto a discernir el papel del desplazamiento y la proyección en esta
fenomenología psíquica, conviene que antes discutamos brevemente las diferencias entre
miedo y angustia . Ambas son señales de alarma frente a un estímulo
peligroso. En el caso del miedo, la respuesta se produce frente a un estímulo objetivo
proveniente del mundo externo (de la realidad material). En cambio, en la angustia , el
peligro está dado por un estímulo interno (de la realidad ideal) que amenaza con hacerse
consciente. Dicho en otros términos, se produce angustia cada vez que un
fenómeno psíquico vetado y "reservado" en el inconsciente amenaza con invadir la zona de
control del Yo. Es necesario recordar aquí que también se habla de angustia
para definir el fenómeno que acompaña a cada una de nuestras opciones. Cada vez
que elegimos libremente, estamos renunciando a otra posibilidad, y tal renuncia es vivenciada por el
sector interno "derrotado", como una pérdida. En este caso se prefiere hablar de
angustia existencial, y debemos señalar que se trata de un episodio inherente al crecimiento y al
desarrollo psíquicos, vale decir, un fenómeno evolutivo. Pero aquí nos vamos a
referir a la angustia originada cuando un impulso del Ello choca con las posibilidades ambientales y/o
las exigencias del Super-Yo. Si el Yo no es capaz de resolver el conflicto, intenta sortearlo
reprimiendo el impulso objetado. Pero si no lo consigue totalmente, cada vez que el deseo amenace con
llegar a la conciencia, el sistema de censura reaccionará con la vivencia de la angustia -que
viene a reforzar la represión- o recurrirá a otros mecanismos de defensa complementarios.
Esta angustia constituye un fenómeno contraevolutivo, dado que produce una detención
parcial o total del desarrollo al obligar al Yo a desgastarse en procesos defensivos. En este caso
hablamos de angustia neurótica, aunque se presente en personas no afectadas por dicha
afección.
En ocasiones el "peligro" pulsional se vuelve intolerable para el aparato
psíquico, y entonces la vivencia de angustia, resultante del fracaso de la represión,
moviliza otros mecanismos de defensa a fin de transformar el peligro interno en un aparente
estímulo externo, contra el cual es más fácil luchar o defenderse. Tal es el
mecanismo por el cual la proyección (que sitúa el peligro afuera) y el desplazamiento (que
deforma sus características reconocibles), contribuyen a sobredeterminar el temor a ciertos
objetos o situaciones del mundo exterior. De esta forma el mundo de lo temible se construye y se
refuerza.
A pesar de lo expresado, en la clínica se comprueba que las diferencias entre
miedo y angustia no siempre permiten distinguirlos fácilmente. Por el contrario, desde un
período muy precoz del desarrollo, ambos se entrecruzan, haciendo impensable su existencia con
absoluta independencia. A poco de comprobarse las primeras manifestaciones emocionales del bebé,
se producen las experiencias iniciales de angustia. Sea que tomemos como prototipo de ellas a la
denominada angustia del octavo mes (Spitz), o la correspondiente al proceso de
separación-individuación (Mahler) -proceso que según hemos visto se desarrolla
entre los ocho y los dieciocho meses de edad-, la angustia se hace presente muy precozmente en la vida
infantil, y desde entonces, cualquier temor puede acompañarse de este particular fenómeno
psíquico.
Luego del segundo año de vida, el desarrollo cognitivo tiene también
singular importancia en las vicisitudes de complejización de la respuesta emocional que estamos
estudiando. En este sentido podemos adelantar que el niño preescolar teme aquello que conoce
insuficientemente. Lo desconocido despierta su interés, lo conocido es tranquilizador, o, en el
peor de los casos, indiferente: el temor queda reducido a algunos estímulos conocidos a medias.
Al respecto hay una experiencia repudiable pero ilustrativa: a diversos grupos de niños,
clasificados por edad cronológica, se los enfrentó con culebras, a fin de estudiar la
respuesta emocional. Mientras la culebra era algo desconocido provocaba la curiosidad; cuando formaba
parte del mundo semiconocido de las "alimañas", desencadenaba reacciones de temor; y en
la medida en que llegaba a niños que ya distinguían víboras de culebras, o que
confiaban en el experimentador adulto, desaparecían las conductas de pánico.
Ya en la etapa preescolar, pero mucho más acentuadamente a partir de entonces, la
cultura demuestra una notable capacidad para ejercer progresivamente mayor influencia
en la modificación del miedo. Tal vez la forma más evidente de esto sea la
inhibición de sus manifestaciones en el varón y la permisividad concedida a la mujer. En
efecto, las manifestaciones del miedo son más reprimidas en el hombre por la cultura
("los nenes no lloran") y en cambio son permitidas en la mujer, a la cual sin
embargo le es negada la manifestación de la agresividad ("las nenas no pegan").
Filogenéticamente esto puede haber tenido el fin de no permitir que el hombre-cazador fuera
ganado por el temor ante las tareas necesarias para la comunidad, y acaso que la mujer no se rebelara
frente al orden masculino imperante, a la vez que encontraba en él la protección necesaria
para impedir las consecuencias del miedo. Huelga decir que, resulten o no confirmadas estas simples
especulaciones, las tradiciones citadas comenzaron a ser puestas en tela de juicio en el actual momento
histórico: se tiende cada vez más a permitir una expresión moderada de ambas
emociones independientemente del sexo.
En la bibliografía norteamericana se encuentra un ejemplo por demás
sugestivo del mecanismo de inhibición del miedo por los adultos, que hasta nos permite entender
una de las más frecuentes motivaciones para su utilización. Se trata de una niña
preescolar que accidentalmente cae desde la ventana de un primer piso, sin hacerse daño
físico alguno. De cualquier manera el miedo sufrido desencadena una crisis de llanto. La madre,
que llega hasta la criatura con el imaginable temor, antes de tomarla en sus brazos, le dice con voz
imperativa: "no llores". Semejante reacción no debe ser tomada como exponente de una
tendencia meramente represiva, pues muy bien podría traducirse por una frase como la que sigue:
"no llores, para que yo no me angustie, y sepa así qué medidas adoptar". Es
posible que en ciertas circunstancias el adulto reprima el miedo de sus niños para evitar la
peligrosa identifica ción, capaz de desencadenar una crisis de angustia, que a
su vez podría causar la inhibición de las conductas operativas para salir de la
situación indeseable.
Hay también circunstancias histórico-sociales que obligan a considerar al
miedo como un estigma intolerable. Algunos autores han interpretado el "coraje" del
norteamericano medio como una formación reactiva obligada por el estigma social del miedo. Es
notorio que en la filmografía de aquel país se repite hasta el cansancio un argumento en
el cual un solo soldado norteamericano es capaz de diezmar divisiones enteras de alemanes, japoneses,
coreanos, o vietnamitas, compensando de esa manera el fracaso y hasta la cobardía de sus aliados
circunstanciales. Es también sabido que en la etapa escolar son especialmente frecuentes y
crueles las burlas descalificatorias del miedo, así como la hipertrofia de conductas que
demuestran "valor". La hipótesis de los autores a los que aludimos antes adelanta la
siguiente explicación: durante la conquista del Lejano Oeste las pequeñas caravanas de
pioneros estaban amenazadas por tantos peligros, que quien se dejara arrastrar por el miedo ponía
en riesgo a todo el grupo. Por lo tanto, el miedo debía ser reprimido. En la medida en que esta
emoción resultaba objetivamente inevitable, la represión no alcanzaba, por lo que se
recurrió a un nuevo mecanismo defensivo, la formación reactiva. De esta manera, el grupo
en riesgo se encargó de forzar la erección de la formación reactiva
"coraje", de la que cada uno había de hacer ostentación, hasta el extremo de
balearse en estúpidos duelos sin sentido, dirigidos tan sólo a eludir el por otra parte
ineludible miedo. La repetición incesante del hecho habría terminado por incorporarlo a la
memoria colectiva, aún cuando ya no fuera necesario en las condiciones reales de la comunidad
tecnológicamente desarrollada. De esta manera siguió siendo un factor esencial para ser
aceptado como miembro de ésta, y la herencia cultura l terminó por
fijarlo como un rasgo definitorio de la identidad nacional. No estamos en condiciones de decidir en
qué medida esta hipótesis cuenta con posibilidades de demostración
científica, pero vale la pena su mención para una mejor comprensión del mecanismo
general de represión social del miedo y de sus manifestaciones externas, que se puede observar en
muchas otras situaciones, como la que se presenta en circunstancias de guerra.
También resulta hoy una exigencia la represión del miedo por la necesidad
de enfrentar la realidad sin la traba de una reacción fisiológica que ya no presta la
utilidad que obtenía de ella el hombre primitivo. Éste, a través de la descarga de
adrenalina y sus consecuencias fisiológicas (mayores fuerza muscular y resistencia a la fatiga)
se preparaba para el enfrentamiento con el potencial enemigo o para la fuga. Pero al hombre
contemporáneo en nada lo ayudan una menor fatigabilidad o una mayor fuerza muscular para
enfrentar los sutiles peligros del nivel socio cultura l de existencia, que
además son más crónicos en su accionar. Por el contrario, esa reacción puede
interferir en la defensa contra aquellos. Es tal vez por eso que el hombre histórico
necesitó reprimir esta indeseada emoción, hasta el extremo de haber creado un nuevo nivel
emocional: el miedo no ya a las situaciones peligrosas sino al miedo en sí mismo (en cuanto
generador de stress e inhibición). Esto resulta evidente ya en la etapa escolar, y provoca la
emergencia de novedosas conductas tendientes a controlar esta situación, con la consecuente
puesta en marcha de diversos mecanismos defensivos: desplazamientos, proyecciones, formaciones
reactivas, identifica ciones, etc. Por otra parte, este miedo al miedo se ve reforzado
en el niño por su necesidad de aprobación de los adultos. Según vimos
anteriormente, el miedo-angustia básico del niño, que lo acompañará por lo
menos durante toda la infancia, y muy probablemente también a través de las siguientes
etapas de su vida, es el miedo a la pérdida de los afectos. Dejar de ser querido y considerado es
uno de los hechos más temidos a lo largo de toda la vida del ser humano (realidad en la cual
influye no sólo la seguridad que le aporta la comunidad humana, sino también la necesidad
de superar la separatidad a través del amor como afirma Fromm). Como el miedo se va convirtiendo
en causa de descalificación por parte de los mismos adultos cuyo amor se necesita, el niño
puede verse encerrado en un peligroso círculo vicioso: el del miedo al miedo.
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