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La agresividad y la violencia
Cuando la respuesta de rechazo del estímulo se expresa a través de
conductas que, en lugar de conducir a la huida del sujeto, hace que éste elimine activamente del
campo a dicho estímulo, hablamos de agresión.
Una visión demasiado condicionada por la axialogía occidental
contemporánea, se ha entretenido en la discusión de si el hombre, bueno en sus
orígenes, se desvió de sus rasgos primarios por diversas circunstancias socio
cultura les (Rousseau), o si siendo primordialmente "malo", moderó sus
impulsos "negativos" gracias a la vida en sociedad (Freud, Lorenz). Apenas dejamos de pensar
en estos términos, la reflexión se simplifica ya que en nuestra percepción de la
realidad incide con una notable fuerza condicionante el individualismo de la cultura
del mercado, con su imagen de hombre concebida como la correspondiente a un ser esencialmente
competitivo, y sometido a presiones innatas que lo conducen a la destrucción o bien lo
sitúan en continuidad filogenética con aquellas especies animales en las que la
territorialidad produce presuntos enfrentamientos intraespecíficos.
| Al respecto no estará de más aclarar que tales enfrentamientos
están siendo puestos en duda por los investigadores más recientes de la
etología, quienes ya sospechan, también en esta ciencia, de la influencia deformante
que ejerce sobre la conceptualización de la realidad la ideología que
convirtió al mercado en el Moloc de los siglos XIX al XXI. También resultará
oportuno recordar que se ha demostrado que a medida que ascendemos en el árbol de la vida,
la territorialidad decrece en importancia para la determinación de las conductas.
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El presupuesto de la "maldad" original del homo sapiens sapiens puede ser
descartada como un prejuicio ideológico, a pesar de lo cual una realidad indudablemente cruel nos
lo muestra como el único ser vivo capaz de torturar a un congénere, o de matarlo por el
simple placer de hacerlo. Sin embargo estos hechos pueden ser entendidos sin necesidad de recurrir a la
concepción de una maldad innata, y por lo tanto inmodificable.
Por supuesto que no es nuestra intención proponer la imagen de un hombre
angélico, pero una simple consideración filogenética nos induce a concebirlo como
un ser primariamente solidario. Si esta "especie", carente de hocico y garras, con una
velocidad de carrera marcadamente inferior a la de la mayor parte de los animales peligrosos, con una
pobreza sensorial de alto riesgo para coexistir con otros seres vivos, hubiera sido competitiva y
hubiera poseído un fuerte componente de destructividad intraespecífica, hace tiempo que
habría desaparecido de la superficie del planeta. De manera que el hombre primitivo, reunido en
pequeños grupos tribales de no más de cincuenta cazadores-recolectores (contando mujeres y
niños), debió ser solidario, aunque más no fuera para sobrevivir, de acuerdo a una
ley básica de la biología. Esta hipótesis se encuentra reforzada por una serie de
hechos que tomaremos en cuenta ahora, mientras exponemos en una apretada síntesis la
evolución filogenética más probable de la conducta que nos ocupa.
Quizás por razones de subsistencia, pero ante todo cumpliendo con la ley de la
evolución que establece la existencia de una mayor cohesión social en la rama central de
cada phylum (*) , el hombre primitivo, sólidamente vinculado con los miembros de su grupo tribal,
se relacionaba pacíficamente con las tribus vecinas, con las cuales se asociaba para la caza de
las piezas más grandes y peligrosas. Esas tribus eran, además, las mismas que le
proporcionaban mujeres para sus hábitos exogámicos.
Para encontrar un antecedente filogenético (precursor evolutivo) de esta
modalidad fraterna debemos saltear a los primates, herbívoros y egoístamente
individualistas, para llegar a los perros salvajes del Africa, esos cazadores colectivos que al regresar
a la guarida, brindan las primicias de la cacería a los cachorros, hembras y enfermos, para comer
luego lo que queda. No deja de ser llamativo que tal característica social se de justamente en
las únicas dos "especies" fundamentalmente carnívoras que organizan su caza en
forma grupal. Asimismo resulta tentador asociar este isomorfismo conductual con la relación que
vincula al perro y al hombre desde tiempo inmemorial. Al respecto es destacable la diferencia entre esta
conducta y la de uno de sus vecinos en la escala zoológica, el león. En esta última
especie, la encargada de cazar es la hembra, pese a lo cual come en primera instancia el macho, luego
aquélla, mientras los cachorros aprovechan lo sobrante y los débiles son abandonados a su
suerte.
Como quedó insinuado e1 hombre primitivo parece haber sido pacífico y
solidario hasta fines del Neolítico. En este remoto tiempo se efectuaron transacciones a larga
distancia, como lo demuestran los hallazgos de productos típicos del Mediterráneo a
orillas del Báltico. Puede decirse que la paz rigió hasta fines del Neolítico, pues
de ese período datan ciudades como la primera Jericó, Hacilar y Çatal
Hüyük, que a pesar de carecer de murallas su ruinas no muestran signos de destrucción
más allá de los esperables por el paso del tiempo. En la tercera de estas ciudades se
hallaron restos de abundantes homo sapiens, sin que pudiera comprobarse en ninguno de ellos signos de
violencia. Por lo cual cabe suponer que, al menos en ese lugar, la paz duró casi ochocientos
años, lapso demostrado por el estudio científico (carbono 14) de los restos hallados.
La era que podríamos llamar "solidaria" se extendió hasta cuando la
agricultura indujo a un asentamiento estable de mayor cantidad de hombres y durante tiempos más
prolongados. De esta manera la posesividad, la competitividad, la envidia de los bienes, que ya pudieron
acumularse, y la violencia, ocuparon un lugar privilegiado en la organización social. Por este
motivo el jefe sabio y conocedor del mejor medio para cazar, fue sustituido por el líder
guerrero, más fuerte que sabio, pero capaz de guiar al pueblo a la conquista de nuevas tierras
con el fin de generar o de apoderarse de mayores riquezas. Con esta transformación terminaron
milenios de paz, para iniciarse nuestro breve lapso de entre siete y diez mil años de guerra y
destrucción.
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(*) Nos ha parecido oportuno aclarar el significado con el que usamos este vocablo del
latín, y que no es otro que aquel con el cual lo empleara Teilhard de Chardin, especialmente en
"E1 Fenómeno Humano". Con dicho término nos referimos a un conjunto
orgánico de líneas filogenéticas, es decir de especies, géneros, y hasta
familias, que poseen una dirección evolutiva común, plena de potencialidades evolutivas.
Esto equivale a afirmar que un phylum no se define por la cantidad de especies, géneros, etc. que
incluye, sino por su movimiento evolutivo: de qué punto del árbol de la vida nace y en
qué sentido diverge de los demás phyla. Dice Teilhard (1937 ):"lo que no
sólo acaba de definir al phylum, sino que además lo cataloga sin ambígüedad
en la categoría de las unidades naturales del mundo, es su poder y su ley particular de
desarrollo autónomo. Sin metáforas, aunque a su manera, se comporta como algo vivo;
crece y se expande."
Esta trágica transformación trajo consigo el surgimiento de una nueva
modalidad de agresión cuya resolución constituye un desafío evolutivo para la
actual organización social. Lo que implica decir, con Fromm, que la destructividad o agresividad
maligna (tales los nombres que dicho autor le aplica a esta nueva modalidad de agresión) no
arraiga tanto en lo innato del ser humano, sino que es una resultante de las falencias acusadas en el
tipo de organización social imperante.
El hombre nace con un potencial de agresión defensiva, que comparte con muchas
especies animales y a la que podemos llamar, como lo hace Fromm (1973), "agresividad benigna", o
simplemente agresividad. Ésta es heredada filogenéticamente de nuestros más remotos
ancestros, y corresponde a las fuerzas de autoconservación.
La agresividad maligna o destructividad, dirigida específicamente a los
congéneres con el fin de su eliminación, se adquiere ontogenéticamente más
tarde, en el marco de las primeras relaciones afectivas y las precoces vinculaciones sociales, cuando
ellas no propenden al genuino desarrollo humano. ¿Como sucede esto? En la visión de Fromm,
que ya expusimos en otro lugar, el conflicto básico que el hombre debe resolver a partir del
proceso de individuación y la consiguiente consciencia de su "separatidad" respecto del
mundo, es el de volver a vincularse con él. Pero el hombre no tiene medios prefijados para esta
tarea. La Evolución lo ha "liberado" de los condicionamientos instintivos. Pero esta libertad de
(las cadenas del instinto), esta libertad llamada "negativa", no es todavía "libertad para",
libertad positiva. La realización de esta última implica, como precondición, el
desarrollo de los poderes específicamente humanos de amor y trabajo creador, que llevarán
al hombre a recuperar la unidad perdida sin renunciar a su individualidad. Esto supone el desarrollo de
las potencias específicas del Yo individual creativo para la vinculación con el mundo.
Ahora bien, en cuanto a lo que aquí nos interesa, si el hombre no encuentra las
condiciones necesarias para el progreso de la libertad positiva (Fromm advierte que estas condiciones
las genera en gran medida el contexto social, aunque el individuo conserve cierta libertad de
posicionamiento frente a él) se enfrenta crudamente a las consecuencias de la libertad negativa:
a la separatidad, que le produce soledad y angustia. Por este motivo debe renunciar a su individualidad,
a ese estado de soledad insoportable (reiteramos que la necesidad de aceptación y seguridad nos
acompaña toda la vida) para intentar recuperar la unidad del estadio libre de existencia. Esto
nunca puede lograrse del todo, pero ofrece soluciones parciales y contraevolutivas al problema de la
existencia humana. Los caminos que se le abren al hombre son tres:
- puede retornar a la simbiosis, aunque ésta ya nunca vuelve a ser completa, y se
transforma en la base de las relaciones sádicas y masoquistas, en las que una persona no puede
tener una existencia separada de la otra, y la necesita para impedir la conciencia de la propia soledad;
- la conformidad automática, en la que el hombre se reduce a un engranaje de la
maquinaria social, a la cual se ajusta perfectamente para impedir la consciencia de una diferencia con
la comunidad que desesperadamente necesita;
- la destructividad. En este caso, el hombre no puede tolerar la idea de un mundo
separado de él, e intenta negarlo destruyéndolo, puesto que su existencia le recuerda que
está solo e inerme.
Conviene aclarar aquí que, sin llegar a tal extremo, la agresividad destructiva
se halla también sobredeterminada por la sofocación socialmente condicionada de las
fuerzas expansivas de desarrollo del Yo (el impulso a la individuación de Mahler, correlativo de
la tendencia evolutiva a la personalización). Estas, al verse impedidas en su realización,
se transmutan en agresión, que pasa entonces a reforzar la agresión benigna. La ulterior
orientación de ésta última puede no estar dirigida hacia la corrección de la
fuente real (la debilidad de desarrollo del Yo), tornándose así contraevolutiva, y
dificultando la expansión del mismo en un entorno hostil.
Todo ello lleva a Fromm a afirmar que la causa de la agresión se encuentra en las
condiciones que impiden la realización de una vida auténticamente humana. "La
agresión" dice este autor "es vida no vivida" (Fromm, 1941).
En esta visión la agresión no está genéticamente vinculada a
la sexualidad, sino que se mezcla con ésta a posteriori, dando lugar a una deformación
contraevolutiva de la necesidad de vinculación, transformada así (ante la incapacidad del
Yo para la vinculación creativa) en necesidad de dominio del otro. Esta concepción diverge
de la hipótesis psicoanalítica clásica sobre la agresión, según la
cual ésta sería el resultado de la deflexión hacia el exterior de la pulsión
de muerte, por lo cual resulta innata y constitucional. Con este razonamiento, al hombre le
quedarían sólo dos alternativas en el manejo de la agresividad: agredir a otros (o en caso
necesario reprimir tal agresión), o bien agredirse a sí mismo.
En la concepción que estamos analizando, el primer tipo de agresividad que
mencionamos -benigna- es una forma de respuesta innata, que a lo largo del desarrollo va sufriendo
diversas modificaciones adaptativas. La segunda, en cambio -destructiva o maligna-, nace con
posterioridad al establecimiento de relaciones objetales netas y de mecanismos de defensa tales como la
identifica ción con el agresor, que permiten la incorporación de las
pautas agresivas de la cultura . Es objetal, dirigida, y ligada a representaciones
mentales. Por este motivo, su existencia no resulta pensable antes del segundo año de vida.
Pero veamos cómo se desenvuelven las modificaciones en esta modalidad de rechazo
del estímulo, la agresión -benigna o maligna-, a lo largo de la evolución
individual. Las primeras manifestaciones de agresividad, o mejor dicho, sus precursores evolutivos, son
las conductas de cólera que describiera Watson, y a las que podemos otorgarle ese valor
sólo a partir del segundo semestre de vida.
Rigidez muscular de todo el cuerpo, seguida rápidamente de bruscos y amplios
movimientos de los cuatro miembros, y breve apnea que desemboca en gritos y llanto -con o sin
lágrimas-, conforman el cuadro típico del "ataque" de ira de los finales del
primer año de vida. Por la misma época, el niño ha comenzado a explorar los efectos
dolorosos de su progresivamente controlada manipulación sobre sus semejantes. Tal
exploración es alentada en forma implícita por los adultos más cercanos, porque
careciendo de destructividad, no despierta los sentimientos de rechazo que nos embargan cuando nos
identifica mos con esta última respuesta afectiva. Recién cuando las
conductas infantiles resultan más intrusivas, a consecuencia del desarrollo de la
deambulación, la agresividad destructiva del adulto puede presentarse como modelo de
identifica ción para el niño.
Desde fines del primer año, cuando ya es indudable la intencionalidad, la
agresividad se transforma en una realidad psíquica y no es necesario recurrir a extrapolaciones
retroactivas para descubrir sus precursores evolutivos. Salvo en los momentos claramente regresivos de
la "pataleta", la agresión se dirige ahora a personas u objetos materiales concretos.
Esta direccionalidad despierta la censura del ambiente. Estamos en el momento en que comienza a
intervenir el medio social a fin de bloquear las manifestaciones de ira, sobre todo en las nenas.
El niño que necesita inevitablemente del afecto y la seguridad que le brindan los
adultos, hará todo lo posible por no perderlos, de manera que muy pronto aprenderá a
inhibir las conductas agresivas cuestionadas. Es así como ya en el período al que nos
estamos refiriendo, y sobre todo durante el segundo año, aparece el gesto amenazador con la mano,
que no es más que un primer compromiso entre el impulso agresivo y su prohibición: dicho
ademán puede interpretarse como la inhibición parcial del acto agresivo ya iniciado. Habla
en favor de esta manera de ver el que semejante conducta interrumpida se observe con mucho mayor
frecuencia frente a los padres.
A medida que la identifica ción y la introyección
plantean la posibilidad de prohibición desde dentro del mismo psiquismo infantil
(constitución del Super-Yo), y en tanto el gesto amenazador también es reprobado por los
padres, el niño recurre a un nuevo mecanismo adquirido en el segundo año: el lenguaje.
Comienza a amenazar verbalmente usando agresivamente un vocabulario que está a su
disposición en el medio familiar. No va a pasar demasiado tiempo sin que la reprobación
parental ("eso no se dice"), y el progresivo desarrollo de la fantasía lleven al
preescolar a amenazar verbalmente con actos imaginarios: arrojar un árbol, una casa, el
país, el mundo. Ahora la reprobación no será amenazadora: pero sí
descalificadora. Cuando el niño compruebe que a los adultos les causan gracia sus amenazas
fantasiosas, también habrá de reprimirlas. Ya no le quedan muchos caminos que no sea el de
la agresión mental sin traducción en actos, y a veces ni siquiera en palabras
(característicos del manejo social de la agresión por los adultos), con su posible
versión posterior patológica: la represión del sentimiento agresivo, es decir, su
eliminación lisa y llana de la conciencia, con todos los riesgos de conversión en
síntomas neuróticos y o psicofisiológicos.
Durante el período escolar puede comprobarse con mayor facilidad algo cuya
existencia en realidad se remonta a la etapa anterior: el aumento de la agresividad está en
relación directa con la inseguridad y con algunas necesidades físicas (hambre, cansancio).
La agresividad, sin embargo, se manifestará sólo a través de los medios expresivos
permitidos, no solamente por el grado de maduración, sino también por la censura del medio
social actuante a través de las prohibiciones parentales. Al respecto agreguemos que ante estas
prohibiciones, los pequeños (en especial los varones) trasladan sus conductas agresivas a la
sociedad de sus pares, ya sea en forma directa o sublimada (juegos y deportes violentos, etc), debido a
que en ese contexto se encuentran más permitidas, y hasta a veces valorizadas. En este punto el
progenitor masculino suele contribuir a la ambigüedad de las normas. Ambigüedad favorecida por
una conducta ambivalente frente a las peleas de su hijo varón: simultáneamente
reprobación y orgullo mal disimulado. Si a ello le sumamos la aceptación implícita
de muchas formas de destructividad en una cultura en que la competitividad agresiva
forma parte de las pautas normales de la interacción social, concluiremos que pueden darse las
más variadas situaciones para el desarrollo y sostenimiento de la agresividad, tanto benigna como
maligna. En este sentido nos hemos preguntado en algunas ocasiones: ¿en qué medida se
integra en el modelo de identificación del niño un papá que leyendo el
periódico, y refiriéndose a cualquier grupo humano expresa con cierta vehemencia:
"¡a éstos habría que matarlos a todos!"?.
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