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etapa anal
Durante el segundo y tercer años de vida, la primacía erógena se
traslada a la mucosa anal (etapa anal). El objeto de la pulsión serán ahora las heces
fecales, con sus múltiples significados: ser parte del propio cuerpo, poder ser expulsadas o
retenidas, ser producidas por uno mismo, ser objeto de negociación con las presiones del medio
(los padres) en el proceso de educación de esfínteres, etc. Estos modos de relación
con las heces resultan también prototípicos de algunos rasgos de carácter. La lucha
dialéctica entre excreción-retención se traslada a las relaciones de objeto (ahora
con objetos totales), y fundamenta la ambivalencia actividad-pasividad,
sumisión-oposición, etc. Dice De Ajuriaguerra (1987) "el placer erótico
ligado a la retención, a la sumisión y a la pasividad, se opone al placer agresivo de
expulsión, al control, el dominio y la posesión. E1 binomio sadismo-masoquismo
caracteriza la relación de objeto en dicho estadio".
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Del tercero al cuarto año la fuente de la pulsión se traslada a la
zona genital (etapa fálica). E1 interés se centra, según Freud, sólo
en el pene, tanto en el varón (orgullo por la posesión y angustia de
castración) como en la niña (envidia y angustia de carencia). Esta visión ha
sido matizada luego por otros autores a través de un estudio más exhaustivo de la
sexualidad femenina precoz. Comienzan allí las actividades masturbatorias, con las
consiguientes fantasías sobre la sexualidad de los padres (actividad que el niño
identifica con ser abandonado a través de un hecho sádico, es como si "el padre
le estuviera haciendo algo malo a la madre"). Esta es la etapa en que surgen las
teorías infantiles sobre la concepción y el nacimiento.
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El interés pulsional por el pene se traslada entonces a las relaciones de objeto
como un interés por el progenitor del sexo opuesto. Esto nos lleva al conflicto propio de la
etapa siguiente.
Entre los 5 y los 6 años el niño inicia la etapa edípica, que sigue
un curso diferente en el varón y en la niña. E1 varón continúa con su
adhesión a la madre, y rivaliza con el padre por el amor de ésta. Pero la negativa de la
madre y el temor a la retaliación del padre por sus impulsos genitales hacia ella -la llamada
angustia de castración-, lleva finalmente al varón a abandonar la elección objetal
prohibida. En la niña en cambio, la elección erótica recae sobre el padre, pues
ella culpa a la madre por no haberle dado un pene, y se vuelve hacia al padre para que le proporcione
uno, representado por la fantasía de tener un bebé del padre. Pero la madre sigue siendo
una fuente importante de satisfacción, y la niña finalmente abandona la elección
objetal prohibida, ante el temor de perder el amor de la madre.
Se han planteado muchas críticas a esta interpretación de la
situación edípica, tanto dentro del marco analítico como no analítico. En
los próximos capítulos tendremos oportunidad de ver esta importante fase del desarrollo
infantil desde una perspectiva más amplia. Pero ahora nos interesa destacar, para finalizar este
apartado dedicado a exponer la visión freudiana, cómo se produce el abandono de la meta
amorosa con el progenitor del sexo opuesto. Ello nos permitirá comprender de qué manera se
inicia la formación de la última instancia psíquica: el Super-Yo.
Dijimos que el niño teme la venganza del progenitor del mismo sexo, que es vivido
como un agresor. Se identifica entonces con este último, para parecerse a lo que él cree
que el progenitor desea, y evitar así el castigo. De esta forma, el niño asimila las
normas parentales respecto de lo que es bueno o malo, virtuoso o reprobable, y lo incorpora en su
personalidad. A partir de esta identificación se estructura el Super-Yo.
El Super-Yo constituye el precipitado de la identificación con los valores y las
reglas parentales. Si el Ello busca el placer, y el Yo la realidad, el Super-yo persigue la
perfección. E1 niño aprende así que además de respetar el principio de
realidad en su búsqueda del placer, debe también tratar de adecuar su comportamiento y sus
sentimientos a los códigos morales de los padres. La identificación que da lugar al
Super-Yo se diferencia de la que forma el Yo en cuanto que el objeto de identificación del
Super-Yo no son los padres reales, sino los padres todopoderosos que el niño fantasea como
absolutos conocedores del bien y del mal. Ellos son por consiguiente los dispensadores de todas las
recompensas y castigos. No hace falta decir que, para el niño, el principal premio es el amor de
los padres, y el mayor castigo la privación de éste. En su estructura el Super-Yo abarca
dos instancias dinámicas complementarias: el ideal del yo, que representa las aspiraciones a la
perfección fantaseada, y la conciencia moral, que contiene la punición temida.
En los casos de evolución favorable, el Super-Yo, cuyas exigencias son ante todo
inconscientes, en el transcurso del tiempo se nutre de la identificación con otras figuras de
autoridad, pierde algo de su carácter fantástico, y se hace más impersonal.
Contribuye de esta forma a encauzar las actividades del Yo dentro de los códigos sociales que le
resultarán más beneficiosos para su desarrollo. En los casos menos favorables el Super-Yo
resulta, más que de una identificación con los padres, de una introyección
fantástica de éstos en la propia psique. Permanece entonces inaccesible a la influencia
del aprendizaje ulterior, y conserva su carácter personal, tiranizando al Yo con exigencias y
amenazas desproporcionadas que dificultan su desarrollo.
Antes de pasar a exponer el pensamiento de Melanie Klein nos quedan pendientes dos
breves comentarios. El primero concierne al uso psicoanalítico del término Yo. E1 Yo en
sentido freudiano es una instancia del aparato psíquico delimitada artificialmente con fines
descriptivos, en cuanto que es la encargada de ciertas funciones. Sin embargo, no hace referencia al
sentido más amplio del Yo en cuanto identidad personal, que abarca a las tres instancias
descriptas, las cuales en el funcionamiento normal son casi inseparables y actúan en mutua
cooperación, conformando la personalidad total. Esta última responde al sentido popular y
existencial del término Yo en cuanto identidad de "ser-en-el-mundo". Hacemos esta
aclaración porque el mal uso del término Yo puede conducir a considerar al Ello y el
Super-Yo como instancias que no corresponden a la identidad personal, contra las que el Yo se debate.
Este es precisamente el estado de cosas en algún funcionamiento patológico. En el
desarrollo normal, en cambio, cuando decimos "yo" (por ejemplo yo soy tal cosa, o yo hago tal
otra) nos referimos a la personalidad total, que engloba a las tres instancias.
En segundo lugar, nos parece oportuno señalar que no hemos hecho referencia a la
teoría freudiana de la oposición entre pulsiones de vida y de muerte en el desarrollo
psíquico. Creemos que ésta ha quedado suficientemente comentada en la primera parte al
hablar del principio de Nirvana. Sin embargo se encontrarán nuevas consideraciones sobre el tema
cuando desarrollemos el pensamiento de Melanie Klein, de Spitz, y principalmente en el apartado titulado
"Una revisión evolucionista de los criterios de Mahler", hacia el final de este mismo
capítulo.
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