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IMPORTANCIA DE LA VISION EVOLUCIONISTA EN LA CLINICA
La concepción antropológica que esbozamos al comienzo de esta primera
parte, y la inserción de la misma en el marco evolutivo filo y ontogenético que venimos de
considerar encuentran, para el médico, un valor operativo para su actividad clínica. Como
vamos a ver, cuando se traslada al plano médico-psicológico todo lo considerado hasta
aquí, puede constituirse en el fundamento de una concepción evolucionista del problema
salud-enfermedad. Previo a su desarrollo y para su comprensión más adecuada, es necesario
aclarar la significación con que vamos a utilizar los modismos que señalan algunos
conceptos básicos, como crisis evolutiva, precursor evolutivo, registro del pasado,
fijación, y regresión.
Las etapas y las crisis evolutivas
Como dijimos la Evolución es un proceso continuo-discontinuo, vale decir, un
proceso consistente en extensos períodos de cambio lento, interrumpidos por otros, más
breves, de transformación rápida. Tales períodos mantienen ambos una misma
dirección: hacia un nivel de organización cada vez más compleja.
| Como no podía ser de otro modo, dado el isomorfismo entre filogenia y
ontogenia, e1 desarrollo psíquico individual se caracteriza de manera similar al de toda la
especie. El permanente cambio hacia una organización más compleja e integrada,
sufre momentos de aceleración, que han sido denominados crisis evolutivas. Tales crisis se
manifiestan por medio de la inestabilidad de las funciones, por los cambios cualitativos y
cuantitativos de las estructuras psíquicas, como también por la emergencia de
estructuras nuevas. |
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En el ser humano estos momentos son frecuentemente vividos con angustia por quien los
atraviesa, o por quienes lo rodean, dado que, hasta no lograr un nuevo equilibrio, resulta
difícil comprender el potencial evolutivo que una crisis determinada encarna y presagia.
Así se justifican las progresiones y retrocesos que se observan dentro de una misma etapa de
transición, por lo menos hasta el momento en que ésta se resuelve en un nuevo nivel de
integración más estable.
En otro orden puede decirse que toda crisis supone dejar atrás algo para nacer a
una nueva etapa. La consecuencia de este fenómeno -la necesidad de aceptar la pérdida de
lo que se deja atrás- se puede asimilar a lo que ha recibido e1 nombre técnico de
"elaboración del duelo". E1 duelo que acompaña a estas transiciones se hace
más evidente en las grandes fases de crisis, como la de "negativismo" del segundo y
tercer año de vida, o la de identidad de la adolescencia. El logro de un nuevo equilibrio, en
otro nivel de complejidad, contribuye indudablemente a una elaboración más completa del
duelo. Por el contrario, la incapacidad de lograrlo, el excesivo nivel de satisfacción obtenido
en el estadio anterior, o bien ambos factores en conjunto, pueden contribuir a una inhibición del
desarrollo.
Toda la trayectoria filo y ontogenética del ser humano constituye un proceso que,
desde una cosmovisión judeo-cristiana, podríamos definir como pascual: continuamente
estamos muriendo a algo para nacer a un nuevo nivel de existencia.
Por otra parte, y como quedó expresado, toda crisis comporta algún grado,
mayor o menor, de ansiedad. E1 nacimiento (Rank), la constitución del objeto libidinal (Spitz),
el proceso de separación de la madre (Mahler), los esfuerzos por lograr independencia (Fromm), la
erección del superyó (Freud), la salida del mundo familiar, la entrada en la adolescencia,
el casamiento, el nacimiento de cada hijo, el envejecimiento, la muerte: en definitiva, todo cambio
implica cierto monto de ansiedad.
La ansiedad se encuentra vinculada al logro de la conciencia reflexiva. En efecto,
semejante logro supone, por un lado, adquisición de la noción de tiempo y por ende de
futuro y de finitud, y por otro, la posibilidad de elegir libremente las propias opciones.
Estos dos hechos -previsión del futuro y responsabilidad en la decisión
libre-, son factores ansiógenos del proceso de cambio, que no están presentes en el
animal, dado que éste no percibe el cambio en función del tiempo, ni es capaz de optar
entre distintas soluciones posibles.
La ansiedad puede entonces ser evolutiva, en la medida en que contribuya a preparar e
impulsar en el ser los desarrollos que lo conducirán hacia un nuevo equilibrio. El logro de este
equilibrio contribuye a la disminución de aquella ansiedad. A la vez, el goce del crecimiento
sano también disminuye la ansiedad defensiva frente a cambios futuros. Por otra parte, en caso de
predominar la ansiedad defensiva, ésta puede tornarse contraevolutiva, en tanto el futuro y la
propia existencia en él sean vividos como amenazantes, produciéndose así una
detención más o menos permanente en un determinado nivel de desarrollo.
La elaboración adecuada del duelo -de la relación con lo pasado- y de la
ansiedad -de la relación con lo futuro-, constituyen entonces presupuestos necesarios del proceso
de cambio.
A lo largo de su vida el ser humano se hace progresivamente consciente de este proceso
que hemos designado como pascual. En el niño, esta doble elaboración se vive de forma
menos consciente. Y el medio, al facilitarle un manejo adecuado del duelo y la ansiedad, se torna
primordial para posibilitar un desarrollo sano. Algo similar sucede en el curso de una psicoterapia.
Existen, además de las de negativismo y de identidad de la adolescencia, otras
crisis evolutivas más o menos manifiestas. Unas y otras delimitan etapas del desarrollo, las que
a su vez nos ayudan a sistematizar nuestro conocimiento del proceso general del crecimiento personal.
Todos los autores han organizado su propio relato de la historia ontogenética
acudiendo a la erección de etapas evolutivas. Así lo hicieron Piaget (período
sensoriomotor - de preparación y organización de las operaciones concretas - de las
operaciones formales), Freud (etapa del narcisismo primario - oral - anal sádica - genital -
edípica - de latencia - adolescente), Spitz (preobjetal - del objeto precursor -objetal), Mahler
(autística - simbiótica - de separación individuación), etcétera. Una
tendencia tan generalizada en los investigadores no demuestra fatalmente que tales etapas existan en la
realidad objetiva, ni supone que a un investigador le asista más razón que a otro. Debemos
tomarlas más bien como instrumentos cognitivos mediante los cuales conceptualizamos el proceso de
la evolución, reducido, en nuestro caso, a la ontogenia psíquica. En última
instancia sucede otro tanto con los conceptos de Yo, Ello y SuperYo. También aquí se trata
de abstracciones que ayudan a la comprensión de la estructura de la personalidad. Freud (1926),
estimó que "el valor de una tal ficción depende de la utilidad que nos
reporte" , y afirmó que la teoría debe ser modificada en un ininterrumpido
contacto con la observación. Con este sentido recurriremos, en el desarrollo de esta obra, al uso
de las diversas etapas, combinando las maneras de abstraer y conceptualizar el proceso tal como lo
aportaron los distintos autores, de entre los cuáles preferiremos a aquellos que se apoyaron
más estrictamente en la observación directa de niños.
Concepto de precursor evolutivo
A lo largo de esta obra emplearemos en reiteradas oportunidades el concepto de precursor
evolutivo, por lo tanto conviene aclarar previamente a qué nos referimos con dicho
término.
Los diversos ejemplos de isomorfismo comprobables en el proceso de la Evolución
se explican por la perfecta unidad y continuidad del mismo. Sin embargo, esta unidad no termina de
aclararnos las distintas modalidades de interrelación entre los variados niveles de desarrollo,
si bien les brinda un marco general de comprensión que nos será útil en la
clínica.
Una de estas interrelaciones que espera una adecuada explicación es la de
aquellos desarrollos que guardan gran similitud entre sí, pero que se ubican en niveles distintos
de complejidad, sin guardar entre sí ninguna relación causal. Por ejemplo un niño
que mueve coordinadamente sus manos para ejecutar la prehensión de cualquier objeto, al que luego
instrumenta para el logro de otra actividad exploratoria, está manifestando un esquema conductual
isomórfico con la futura aprehensión mental de imágenes y la posibilidad de operar
con ellas. El lactante que, luego de satisfacer su hambre, continúa jugueteando con el
pezón de la madre, realiza una actividad placentera, no vinculada a la satisfacción de
ninguna necesidad fisiológica utilitaria, hecho que guarda una estrecha relación con las
conductas que más tarde constituirán el área del comportamiento sexual o la esfera
lúdica. Los dos pequeños de nuestro ejemplo ya están y, en cierto modo, no
están todavía actuando inteligentemente o en el ámbito propiamente sexual o del
juego. A estos esquemas que prefiguran futuras conductas más complejas, con las que guardan una
evidente continuidad histórica aunque no necesariamente causal, los denominamos "precursores
evolutivos".
También pueden observarse precursores evolutivos en la filogenia. Así, por
ejemplo, la organización social que se da en el centro de cada "phylum" (*) o la
solidaridad grupal de los perros salvajes, anuncian estos o parecidos fenómenos de la
"especie" humana.
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