Las líneas evolutivas en la clínica
De acuerdo a lo visto hasta aquí, se pueden considerar diversas
"medidas" del desarrollo sano. Tomando como base el modelo evolucionista del problema
salud-enfermedad, y remitiéndonos a las líneas direccionales descriptas en el
capítulo anterior, diremos:
que una de tales "medidas" está constituida por el incremento del
conocimiento de sí mismo y del mundo, junto al perfeccionamiento del sentido de realidad;
la profundización en la libertad y la responsabilidad, junto a una
mayor flexibilidad adaptativa, que preserve la identidad, será otra de ellas;
en este mismo orden se inscribirá la capacidad de formar una pareja
estable, dialogal y procreativa, así como el perfeccionamiento de la solidaridad y el amor
fraterno a través de las cuatro notas que le atribuye Fromm a este fenómeno humano:
conocimiento, respeto, cuidado y responsabilidad con respecto al objeto de amor;
la capacidad de salir del vínculo incestuoso con la madre y de
resolver el conflicto entre libertad y seguridad, integrándose en grupos cada vez más
amplios, puede ser otro índice de tal desarrollo sano;
una moral que, apoyada en el amor, busca la autenticidad, y una
religiosidad que profundiza en su espiritualidad y sentido comunitario, son datos que hablan de
evolutividad y que no deben ser ignorados, si bien todavía no resultan fácilmente
encuadrables en una evaluación clínica;
liberados de su reduccionismo sexual, los conceptos de fijación y
regresión encuentran aquí un sentido más amplio. Implican la posibilidad de que el
desarrollo se lentifique o se detenga en un determinado punto -fijación-, por innumerables
trabas, posibilitando que ante un nuevo desafío de crecimiento, la persona prefiera -consciente o
inconscientemente- regresar a un nivel anterior de funcionamiento -movimiento contraevolutivo-.
| Las líneas direccionales del desarrollo que se han esbozado, y a las
que se agregarán sus respectivas crisis evolutivas, constituirán el marco dentro del
cual analizaremos la evolutividad o la contraevolutividad de cada conducta o estructura.
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Con todo, no debemos permitir que esta exploración analítica nos haga
perder de vista que el desarrollo se da en una unidad organísmica, divisible sólo en la
abstracción del observador.
Por fin, para inferir la existencia o no de una fuerza evolutiva en acción, y
detectar la importancia de las trabas contraevolutivas, no basta con comprobar una situación
clínica actual en un corte horizontal del desarrollo. Es necesario además hallar la
sumatoria de las distintas líneas, para darnos una idea de sus respectivas velocidades
evolutivas, en un verdadero haz de cortes longitudinales integrados, que respeten la dinámica
global del proceso.
Cabe preguntarse entonces cuáles son las trabas contraevolutivas sobre las que
está justificado obrar terapéuticamente. Surgirán con cierta facilidad si
recurrimos a1 gráfico del vaso que utilizamos para presentar nuestra imagen de hombre.
En primer lugar habrá causas somáticas -exógenas y
endógenas- que jugarán un importante papel en la extensa gama de las deficiencias,
demencias, síndromes cerebrales, y cuadros procesales tales como ciertas psicosis y
psicopatías graves;
en segundo término, e incluyendo el criterio de
sobredeterminación, que modifica sustancialmente al de causalidad lineal, encontraremos los
factores intrapsíquicos, predominantes en la mayor parte de las neurosis, trastornos
psicofisiológicos, algunos desórdenes de la personalidad y ciertas reacciones
psicóticas;
por último, hallaremos múltiples emergentes de la
dinámica interaccional, que incluyen el marco histórico-cultural, el medio físico,
y los entornos microsociales -familiar y extrafamiliar-, como agentes de peso en la génesis de
los desórdenes reactivos de la conducta, y como condicionantes de las otras categorías
diagnósticas mencionadas.
Las dificultades espirituales, que también pueden resultar contraevolutivas,
pertenecen a la respetable cuota de misterio de cada ser humano, a la que no nos es lícito llegar
por los caminos de la técnica.
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