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psicologia

 

 

 

FAMILIA

INTRODUCCION

La Psicología del siglo XX ha sido suficientemente precisa en la tarea de demostrar la persistencia del pasado en el presente como para que nos detengamos en ese particular:

hoy sabemos que el proceso de estructuración del psiquismo -a partir de áreas innatas- responde a experiencias primarias, pasibles de ser nuevamente halladas a lo largo de la vida, tanto en la experiencia psicológica normal como en la patológica.

Conceptos como los aportados por Freud, tales los de fijación y regresión, tanto como el kleiniano de posición, ya son cotidianos en nuestro lenguaje técnico.

No obstante, y en orden a una mejor comprensión del tema que nos va a ocupar, me parece oportuno recordar las definiciones que brinda el clásico "Diccionario" de Laplanche y Pontalis (1971) con referencia a los dos primeros términos. Allí leemos: "El concepto de regresión es paralelo al de fijación , y éste no puede reducirse al montaje de un esquema de comportamiento. En la medida en que la fijación debería interpretarse como una inscripción, la regresión podría considerarse como el poner de nuevo en funcionamiento lo que fue inscrito".

Deseo subrayar muy especialmente la idea de inscripción o registro, pues nos va a resultar operativa en la comprensión de nuestro tema específico. Pero sigamos avanzando: el recién citado Diccionario abunda conceptualmente sobre este particular, sosteniendo que la idea de " fijación forma parte, en general de una concepeción genética que implica una progresión ordenada de la libido. Pero aparte de toda referencia genética, también se habla de fijación dentro de la teoría freudiana del inconsciente, para designar el modo de inscripción de ciertos contenidos representativos (experiencias, imagos, fantasías) que persisten en el inconsciente en forma inalterada, y a los cuales permanece ligada la pulsión" (ibid). En lo que respecta al concepto de posición , tan típico del pensamiento de Melanie Klein , prefiero tomar la definición correspondiente de la prolija síntesis brindada por Hanna Segal (1969), para quien se trata de una "configuración específica de relaciones objetales, ansiedades y defensas, persistentes a lo largo de la vida".

Y bien, nuestro primer objetivo será el de trasladar estos hechos, suficientemente probados en la ontogenia, a la dimensión filogenética del homo sapiens sapiens. El intento nace de una especulación personal surgida tanto de lecturas sobre Antropología y teoría de la Evolución, como de ciertos aspectos de la experiencia clínica. Podría sintetizar esta quasi-intuición diciendo que aquellas lecturas me llevaron a sospechar la realidad del registro, inscripción y persistencia de determinados hechos en la filogenia. No será necesario aclarar que en este caso el lugar y modalidad de la inscripción resultan mucho menos precisables que en la ontogenia, y no trascienden, por el momento, el campo de lo especulativo. No obstante lo cual creo que un modelo similar al de las posiciones kleinianas podría ayudar a comprender la evolución humana, en la medida en que se lo opere estrictamente como un mero instrumento para la observación. Al menos me ha resultado útil para clarificar algunos hechos de la psicopatología, sobre todo en el campo de las disfunciones conyugales y familiares.

En un sentido bastante próximo al que estamos desarrollando Trimbos (1968) sostiene: "¿Historia? ¿Cosas pertenecientes al pasado? Sí, es indiscutible, pero, pese a todo, historia viva, cuyas huellas se hallan presentes en todo matrimonio occidental". Para agregar poco más adelante que la penosa adquisición del bien constituído por el matrimonio tal como lo conocemos hoy, es un proceso aún vigente, ya que "quien sepa distinguir bien no dejará de advertir que ese pasado secular sigue siendo un pasado muy vivo y que de mil maneras distintas determina nuestros conceptos, normas, comportamientos, y también nuestro modo de vida" (ibid).

Cuando se aguza la observación se descubre que son numerosas las ocasiones en las que un psicoterapeuta se enfrenta con situaciones no interpretables de otra manera que como un retorno de pautas de otro tiempo histórico.

Posiblemente cuando Trimbos (ibid), hablando de la vida conyugal, juzga el tradicionalismo en el sentido de un "acorralamiento innecesario" y correlativamente como "causa de mucha miseria" se esté refiriendo a ciertas manifestaciones indeseables de registros del pasado. De aceptarse este criterio estaríamos abandonando el terreno de la reflexión moral para adentrarnos en el muy concreto de la comprensión filogenética, lo que desde el punto de vista científico resulta obviamente más operativo. El conflicto entre valores tradicionales, modernos y postmodernos (*) en un mismo sujeto o en una misma familia, sería el aspecto manifiesto y -de alguna manera- racional de la coexistencia de las ya aludidas posiciones y de la organización psíquica actual. ¿Cabe interpretar a tales posiciones como sistemas inconscientes, si bien menos independientes y estructurados que los arquetipos junguianos? Es posible, pero de cualquier forma hemos de reconocer que tales diferencias no las vuelve menos eficaces en nuestra comprensión de la dinámica psíquica, así como tampoco menos elusivas en el abordaje psicoterapéutico si no tomamos en cuenta la dimensión histórica del homo sapiens sapiens.

Precisamente el objetivo de esta obra es llamar la atención de los profesionales sobre dicha dimensión, a fin de que puedan integrarla en el marco de referencia teórico con el que enfrentan sus casos.

Autor de esta obra: Julio V. Maffei

- I -

PROBLEMAS DEL ESTUDIO DE LA FAMILIA

HISTORIA - ANTROPOLOGÍA

Ha sido en época bastante reciente que los historiadores comenzaron a ocuparse con mayor profundidad del desarrollo de la estructura y la dinámica de la familia a través de las dictintas épocas. Tradicionalmente la historia de la familia, como la de muchos otros aspectos de la vida cotidiana, se refería casi exclusivamente a aquellos acontecimientos correspondientes a las clases privilegiadas, quedaba así fuera del alcance del estudioso el conocimiento de lo que sucedía con la inmensa mayoría de de la gente.

A partir del nacimiento de esa apasionante rama del saber que es la Historia Social, hemos podido asomarnos a un panorama hasta entonces desconocido, que más allá de su valor académico -por otra parte indiscutible- nos permite estar al tanto de los precursores evolutivos de nuestra realidad de hoy.

Antes de seguir por este camino parece oportuno aclarar el concepto de precursor evolutivo , tal como lo hiciera en una obra anterior ( Maffei , 1992). En aquel Manual planteaba las diversas modalidades de isomorfismo comprobadas en el proceso de la Evolución, que en algún caso llegan a simular una verdadera repetición de fenómenos, conductas, etc. La Evolución, es un proceso de tan perfecta unidad como de incuestionable continuidad. No se crea que estoy apostando al transformismo -al que por cierto tampoco puedo rechazar fundadamente- ya que todavía no ha sido posible probarlo con certeza, pero tampoco se han reunido datos concretos que autoricen a descartarlo definitivamete. Para expresarlo de otra manera, no resulta aceptable la explicación de aquellas unidad y continuidad, si partimos exclusivamente de un solo modelo teórico. Aceptando esta limitación epistemológica, creo que el concepto de precursor evoluti vo puede brindar un adecuado marco general para la comprensión de aquellas dos características.

Decía en la obra recién citada : "Un niño que mueve coordinadamente sus manos para ejecutar la prehensión de cualquier objeto, al que luego instrumenta para el logro de otra actividad exploratoria, está manifestando un esquema conductual isomórfico con la prehensión mental de imágenes y con la operación con las mismas ". A tales esquemas, no ligados genéticamente con los que les suceden, pero que fenomenológicamente los anuncian, los he denominado precursores evolutiv os, y los he hallado no sólo en las secuencias ontogenéticas como la del ejemplo anterior, sino también en las filogenéticas: en última instancia no podemos sino reconocer una gran coherencia en el proceso de la Evolución cuando se comprueban fascinantes paralelismos entre hechos tales como las solidaridades instintivas de los perros salvajes -cazadores colectivos-, y la misma conducta -aunque ahora reflexiva- de los grupos humanos primitivos de cazadores-recolectores, que va a culminar en el amor fraterno por el que es necesario seguir bregando en la actualidad.

Pero retomemos el tema de la Historia Social de la familia. Ante todo es necesario aclarar que el breve lapso transcurrido desde el surgimiento de este enfoque de la Historia, y las consecuentes limitaciones de una tan novedosa rama del saber humano, justifican la relativa exigüidad de datos con los que contamos en su ámbito. Esto se comprenderá mejor ni bien tomemos contacto con las fuentes -generalmente bastante poco convencionales- con las que cuenta tal disciplin a. Shor ter (1984), tratando el tema de la familia europea de los últimos siglos, opta por el testimonio de ciertos observadores, quienes aún no perteneciendo a las clases populares, estuvieron más cerca de la gente común y de sus costumbres, tanto por su profesión, como por su interés humano. Dicho testimonio resultó invalorable puesto que los pobres no han escrito libros, memorias o diarios íntimos, y aún en el extraordinario caso que lo hubieran hecho, es evidente que nadie se ocupó de preservarlos para ser consultados luego. Otro tanto puede decirse de la correspondencia de la gente común.

La única excepción a esta limitación de la Historia Social está dada por la Biblia, la que más allá de su -para mí indudable- valor religioso como documento de la Revelación, posee un enorme valor antropológico por tratarse de la autobiografía de todo un pueblo, retratado en sus páginas, reveladoras siempre de un especial interés por los menos poderosos. Esta autobiografía comienza con tradiciones orales y llega hasta los relatos surgidos luego de la invención de la escritura. Esta es la razón de que en lo que sigue el lector encuentre tan abundantes citas del libro sagrado. Citas que se señalarán con el código habitual de los escrituristas, que se podrán encontrar en la clásica Biblia de Jerusalén.

Pero ¿cuáles fueron las fuentes antes anunciadas? Para Shorter (ibid) las constituyen los escritos de los médicos, de los burócratas judiciales lugareños, y de los historiadores de aldea -denominados por los franceses les érudites locaux- . Si a este material se agregan los datos demográficos aportados por los libros parroquiales (bautismos, bodas, defunciones), habremos reunido lo fundamental de los datos con que se manejan los historiadores sociales, por lo menos en lo que se refiere al conocimiento de la vida familiar europea entre los siglos XVIII y XIX. Mientras tanto no estará de más tener muy presente que los datos demográficos obtenidos de las secretarías parroquiales, a pesar de su importancia sufren serias limitaciones. En primer lugar la información brindada a partir de las normas del Concilio de Trento no se registró con similar estrictez en los diferentes países y en las distintas regiones y ciudades; y en segundo término es irrebatible la objeción de Burguière (1988) , quien afirma que "sería ingenuo creer que pasando de los testimonios a las fuentes seriadas el historiador cambia la nebulosa ideológica por la certidumbre de la realidad objetiva. Los censos, auténticos lechos de Procusto de las categorías familiares, traducen a las categorías del censador (la administración fiscal, la Iglesia, etc.) toda una gama de concepciones originarias del grupo doméstico y de las relaciones de parentesco, multiplicando los riesgos de malentendidos y de declaraciones inexactas. Como cualquier otro documento, precisan de una lectura atenta y crítica".

Aunque los médicos -como sucede con algunos de mis actuales colegas- menospreciaban a quienes poseían menor nivel cultural que ellos, dejaron un rico caudal de noticias sobre estos temas. Ello se debe a que en toda Europa Central se difundió la costumbre -iniciada en Francia- de presentar a la Academia un informe anual sobre cada paciente. En dichos protocolos, junto al detalle de enfermedades, sintomatologías y más o menos pintorescas terapéuticas, encontramos descripciones bastante completas de hábitos y hasta de valores morales vigentes en las familias observadas.

Por su parte los agentes de menor jerarquía de la Justicia, que debían trasladarse costantemente a los lugares en que habían sucedido los hechos a investigar, aportaron, a través de sus detallados -y por momentos ingenuos- informes, una cantidad de datos que permiten inferir un nada despreciable cúmulo de hechos cotidianos y de valores vigentes en aquella sociedad.

Los historiadores de aldea, si bien con opiniones teñidas de una permanente nostalgia por el pasado, fueron quienes aportaron la mayor parte de la información con la que hoy podemos contar en referencia a aquellas expresiones sociales.

Por último los libros parroquiales, como quedó dicho, completan con datos demográficos bastante precisos (nacimientos, matrimonios, defunciones), el panorama de la vida familiar de la gente común.

Por cierto que los historiadores se han ocupado también de las familias europeas de etapas anteriores, o de las correspondientes a otras culturas. A las primeras también nos referiremos en esta obra, aún sabiendo que a medida que nos alejamos histórica o culturalmente de nuestra civilización, los datos disponibles poseen un cada vez menor grado de certeza y se prestan a las más variadas interpretaciones.

Tal como lo sugiere el epígrafe, no es la investigación histórica el único problema que afecta a nuestro conocimiento de la organización familiar en un sentido humanamente más completo. La Antropología también se convierte en campo de polémicas al respecto, situación que se detecta fácilmente sobre todo cuando los autores recurren a las comparaciones entre las organizaciones correspondientes a diversas culturas. Una tarea de este tipo es lo que ha conducido a Lévi-Strauss (1974) a concluir que semejantes confrontaciones constituyen el germen de "algunas de las polémicas más ásperas de toda la historia del pensamiento antropológico".

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(*) Estamos usando los términos tradicional, moderno y postmoderno en el mismo sentido que lo hace Shorter (1984) y que desarrollaremos en otra parte de este ensayo.