el juego infantil
Google
 
 
 

 

Volver a

familia

 

 

 

Niños abandonados

 

Mientras tanto el abandono de niños seguía siendo frecuente, y por momentos alcanzó cifras sobrecogedoras (33.000 por año en Francia aún durante el siglo XIX).
 

        Pero con estos datos ya estamos transitando por la etapa histórica siguiente.

PADRES E HIJOS EN EL PERÍODO DE LA FAMILIA MODERNA

     La maternidad, tal como la describen los textos de psicología del niño a partir de comienzos de nuestro siglo, es un producto de la modernización de la cultura europea. Si para la madre tradicional era casi impensable el conocimiento del desarrollo de su hijo, la madre moderna pondrá este tema como un valor prioritario. A manera de testimonio de la transición Shorter (1984) transcribe la evocación de la propia infancia, en casa de sus padres y de la nodriza, expuesta por un anciano en 1808. Según este fragmento de intimidad nos informamos que un niño de aquel entonces ni siquiera en su casa podía esperar "la más ligera caricia por parte de su padre o de su madre.  El miedo era el principio  sobre el que se fundaba la crianza. Quien enseñaba a leer al niño le levantaba la camisa hasta los hombros, luego sostenía el libro con una mano y la vara con la otra, listo a golpear al menor error". De inmediato, y al reflexionar sobre las costumbres reinantes en el momento de escribir esas líneas, el mismo anciano se asombraba de que los niños "acariciados y besados sin fin,  desconocen lo que es la mala voluntad.  Con que sólo estén de buen humor,  y con buena salud,  encantan a quien se acerca a ellos".

Durante todo el siglo XIX siguieron produciéndose cambios importantes, inferibles de algunos indicadores altamente sugestivos. Así, por ejemplo, entre 1815 y 1860 las familias convirtieron en best-sellers los libros dedicados a la higiene y cuidado de los niños. En la misma dirección apunta el hecho de que se haya producido un marcado descenso de la concurrencia de pequeños a colegios con sistema de internado, instituciones que durante el siglo anterior habían logrado un elevado número de inscripciones. Parece casi innecesario aclarar que estos datos se refieren a las clases altas, y muy especialmente a las urbanas. Es que resulta bastante exigua la información recogida con respecto a las familias de clase baja, salvo la inferible de la significativa declinación de la costumbre de abandonar hijos, anotada en la segunda mitad del siglo XIX.

     Podríamos sintetizar los cambios producidos en el cuidado de los hijos durante esta etapa diciendo que la mujer, en un número creciente de casos, fue sintiéndose antes madre que esposa.

     Lo que no resulta tan fácil de demostrar es que la aparentemente universal transformación pueda interpretarse como una constante histórica. Vale decir que nos quedaría por determinar los factores causales, los que por otra parte ya han sido mencionados en el capítulo II, y de los que nos volveremos a ocupar más adelante. No obstante parece necesario adelantar en este momento que a medida que diversas razones económicas iban alejando al padre de su hogar, dejando de esa manera vacante el lugar de compañero logrado a través del proceso de hominización, la madre lo ocupó, ampliando enormemente su influencia afectiva. Según Ruittenbeck (1970) este fenómeno llegó a grados extremos en los Estados Unidos de Norteamérica, donde "el padre ha perdido su ubicación tradicional dentro de la estructura familiar". En dicho país la gran movilidad social y económica hizo que mientras la esposa y los hijos adoptaban las pautas de un estatus recién alcanzado por la familia en ascenso, el padre, atrapado por un trabajo absorbente quedara rezagado en ese proceso, siendo descalificado por ello. Si tenemos en cuenta que las circunstancias que venimos de comentar coinciden con un juicio generalizado condenatorio de la ternura como un sentimiento poco viril, comprenderemos de qué manera quedó expedito el camino para el reinado absoluto de la madre en el campo emocional.

     El autor citado agrega que "la desconfianza en la intimidad, el miedo a la dependencia y  la resistencia a ser padre, están conectados entre sí y con la experiencia del varón con su propia madre. Stern señala que tanto la pasividad masculina como el temor a ella, reflejan la prolongación de su deseo de ser alimentado" (ibid). Algo más adelante insiste en esta línea de interpretación al afirmar que "el hombre que entra en competencia con sus hijos se convierte en cierto sentido en uno de ellos" (ibid).

     Lamentablemente el análisis de los datos históricos nos conducen a la convicción de que uno de los ejes vectoriales de la modernización de la familia estuvo constituído por la radicalización de la desfamiliarización del varón iniciada en los albores de la Historia, completándose de esta manera la marcha en una dirección exactamente opuesta al proceso de familiarización del macho, al que hay que reconocer como uno de los motores de la hominización.

     Desde comienzos del siglo XX se viene insistiendo en la significación sexual de la relación madre-hijo. Este aspecto inconsciente del desarrollo psicológico infantil, descubierto por Freud,  y exhaustivamente elaborado por la escuela psicoanalítica, ha llegado a ser interpretado como una verdadera invariante a lo largo de la historia de la humanidad. El punto mereció críticas como la de Fromm (1975)  para quien "el apego sexual a la madre no suele ser la causa de un vínculo afectivo intenso". Dicho vínculo comienza por darse en un marco narcisista: no olvidemos que el ser humano depende vitalmente del cumplimiento del rol materno y fundamentalmente de sus aportes nutricionales. Con el tiempo el niño introduce una tonalidad afectiva más personal en esta relación, mientras sale de aquel narcisismo extremo y recupera  parte del vínculo simbiótico prenatal. Por eso Fromm (ibid) cree que el deseo erótico dirigido a la madre es una realidad recién en la fase fálica de Freud, pero caracterizado por una marcada volubilidad y compartiendo el escenario psíquico con los deseos que se dirigen hacia los niños del otro sexo. De todo lo que antecede el autor que venimos siguiendo deduce que aquello "que puede hacer a la relación con una persona, tan intensa y duradera, es su función afectiva" (ibid) y no el -por otra parte innegable- factor sexual. Además, según él, "el vínculo afectivo con la madre es tan intenso porque representa una de las soluciones fundamentales  a la situación existencial del hombre: al deseo de volver a al paraíso donde todavía no han aparecido las dicotomías existenciales" (ibid), de manera que el componente sexual de la atracción hacia la madre se incrementaría simplemente como un mecanismo de defensa "contra una dependencia pasiva más infantil".

PADRES E HIJOS EN EL PERÍODO DE LA FAMILIA POSTMODERNA

     En la segunda mitad del siglo XX, y muy especialmente desde la década de los sesenta, se han producido profundos cambios en la organización familiar, y por lo tanto en una función primaria como es la relación de los padres con los hijos. En primer lugar hemos de destacar la remisión del proceso que comentábamos casi al finalizar el apartado anterior: es como si se hubiera reiniciado y comenzado a completar la familiarización del macho, que en su momento señaló la salida del mundo animal.

     Tanto razones económicas como psicológicas y sociales han condicionado un cambio en la atribución de los roles intrafamilires dependientes del sexo, sobre todo en cuanto al cuidado de los hijos. Por lo menos en la clase media. En dicho grupo se observa que tanto la madre como el padre se ocupan alternativamente del baño, alimento y paseo del bebé. Este incremento del contacto del papá con su niño ha determinado que aparezcan modificaciones conductuales del bebé, que reconoce mucho más precozmente a su progenitor, y hasta presenta algún trastorno ante la pérdida de dicha figura.

     En otro orden de ideas es evidente que los hijos se han ido manifestando con  opiniones distintas de las de sus padres, y concretan tal enfrentamiento cada vez más tempranamente, inclusive antes de la adolescencia. Las diferencias generacionales se manifiestan generalmente sin violencia, pues el fenómeno de base es un progresivo desinterés de los jóvenes por el cuadro de valores de los adultos, y no el choque agresivo-destructivo que se dió en el pasado reciente y que pintó casi caricaturescamente Torre Nilson en su versión cienmatográfica de "La Guerra del Cerdo" de Bioy Casares.

     Lo que antecede es un signo  del fenómeno descripto por Shorter (1984): "el grupo de pares está volviendo a tomar a su cargo la socialización del adolescente". Un proceso semejante no pudo menos que desembocar en la erección de una subcultura adolescente que conviene definir. Schwartz y Martin (1967) suponen que tal subcultura se diferencia entre otras por las siguientes características que "revelan la masculinidad o la femineidad de una persona. Para los muchachos, los signos externos cruciales son la virilidad interna y la fuerza física, el talento atlético, el coraje frente a la agresión, una disposición para defender a cualquier costo el honor, y resistencia con el sexo y la bebida. Para las chicas los rasgos femeninos más admirables son el atractivo físico, la vivacidad personal, y la capacidad para manipular con delicadeza distintos tipos de relación interpersonal".

Es cierto que una descripción tan localista dista mucho de satisfacer a un observdor argentino, pero puede resultarnos útil hasta tanto se realice una investigación similar en nuestro medio, que sospechamos arrojará mayores diferencias con las pautas de los adultos locales.

     Para salvar la distancia creciente los padres pretendieron ocupar el lugar de amigos de sus hijos, renunciando al rol de autoridad representativa del linaje que según les parecía estaba perdiendo su significación original. La nueva ubicación de estos padres -supuestamente de vanguardia- fracasó estrepitosamente, con lo que quedaron sin un rol definido y consecuentemente sumidos en una gran confusión.

     Mientras tanto la figura materna también comenzó a sufrir un cambio de magnitud, tal como cabía esperar dadas las notorias modificaciones del contexto familiar y social. La seguridad ganada en el cuidado de los hijos pequeños, aportada por técnicos, profesionales e instituciones desde fuera del hogar, tanto como la revolución sexual a la que ya nos hemos referido en otro lugar de esta obra, fueron los sustentos de una relativa independencia femenina con respecto al rol materno característico de la familia moderna, mientras el mismo era reafirmado desde la literatura psicológica, tan popularizada en la década de los sesenta. El resultado de este entrecruzamiento fue una franca ambivalencia cuyas consecuencias son todavía impredecibles.

     Tal vez una manifestación de dicha ambivalencia esté constituída por la contradictoria actitud frente a la maternidad: cada vez más mujeres retrasan su primer embarazo, en tanto otras agotan las posibilidades que brinda la nueva tecnología médica para lograr la fertilidad asistida. Otra área de ambivalencia en relación a la maternidad es la derivada del enfrentamiento de las aspiraciones profesionales y laborales de la mujer, quien en muchos casos ha llegado a descalificar su rol hogareño, para luego, ante un primer parto sentirse en falta alternativamente en cada uno de ambos terrenos.

     Como en otros campos de esta historia que estamos recorriendo,  nuestra época se caracteriza por la rapidez de unos cambios que además, al involucrarnos, nos restan posibilidades de objetividad. También en este tema podemos  decir  que  no  sabemos  exactamente cuál es el  rumbo actual de la historia.