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PSICOLOGÍA genética
PRENATAL
Durante el estadio germinal, que comienza con la fecundación del óvulo y
la constitución del huevo o zigoto, es poco lo que podemos decir desde el punto de vista
psicológico. Incluso aun asumiendo una posición evolucionista teilhardiana (según
la cual toda organización interna de la materia, en función de la energía, implica
un precursor evolutivo de la conciencia), hemos de reconocer que nuestros métodos de
investigación no nos autorizan a ninguna afirmación precisa. El período germinal
termina cuando -dos semanas después de constituido el zigoto-, la blástula se implanta en
la cara interna del útero materno. Comienza allí el estadio embrionario, dominado por un
acelerado crecimiento y diferenciación orgánicos. Apenas iniciado el tercer mes de vida
intrauterina, y con la aparición de las primeras células óseas verdaderas, se habla
ya de estadio fetal. Desde entonces el niño, con gran parte de sus órganos diferenciados
-aunque inmaduros-, vive en un medio líquido, tibio, de características
físico-químicas invariables, en una cavidad oscura y presuntivamente silenciosa. En esa
cámara el pequeño "nada" libremente durante la primera etapa de su vida fetal.
Está justificado entonces considerar la emergencia de algunos progresos psicomotrices, que han
sido investigados mediante la ecografía. A fines del cuarto mes se puede observar un variado
"repertorio de movimientos, que incluye el de succión, el de rotación de la
cabeza y el de empuje con las manos y los pies" (Annis, 1982). Esto hace que la madre
comience a percibir la actividad de su hijo, aunque todavía ignore que ese niño ya
está en condiciones de succionar su propio pulgar, "entrenándose" así para la
futura forma de alimentación.
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Durante el quinto mes ya pueden distinguirse periodos de sueño y de
vigilia, y el pequeño hasta adopta una posición preferencial para dormir. En el
sexto mes aparece y se consolida el reflejo de prehensión. Más recientes
observaciones han constatado la existencia de "llanto" intrauterino, echando por tierra el mito
del primer llanto en el momento del nacimiento. Al llegar al octavo y noveno meses se comprueba
una circunstancial reducción de aquel repertorio motriz que venimos de mencionar, dada la
estrechez del recinto al cual el niño se ve constreñido. Este es el momento en el
que se constata otro tipo de comportamientos, como la respuesta constituida por movimientos y
taquicardia frente a ruidos fuertes o a bruscos cambios posturales. |
¿Qué podemos decir de la experiencia sensorial del infante durante la vida
intrauterina? Los cinco sentidos básicos ya se hallan desarrollados anátomo-funcionalmente
en el recién nacido. Estos sentidos, como dice Annis (1982), maduran durante el período
prenatal. En primer lugar, sabemos que la sensibilidad cutánea está desarrollada bastante
antes del nacimiento, si bien el medio líquido y la capa untuosa que recubre la piel impiden que
dicha experiencia pueda ser motor de algún comportamiento. Al tercer mes de vida intrauterina
aparecen las papilas gustativas, mientras las áreas olfatorias del cerebro son las que sufren una
mielinización más precoz, debido a que éste es, filogenéticamente hablando,
el más arcaico de los sentidos. Pero la invariabilidad fisico-química del líquido
amniótico priva también al feto de experiencias en estos sectores sensoriales.
Los tres sentidos ya desarrollados que acabamos de considerar (tacto, gusto y olfato),
tendrán sin embargo un papel importante que desempeñar en la experiencia postnatal
inmediata.
Los párpados, unidos desde el tercer mes, vuelven a abrirse en el sexto. La
coordinación ocular también se comprueba precozmente. Pero no hay que olvidar que la
cavidad en la que se desarrolla el feto se encuentra privada de luz, y que además el ojo fetal
-al igual que el del recién nacido-, "adolece" de una extrema hipermetropía. Por estos
motivos no puede hablarse de experiencia visual en la vida intrauterina, si bien este sentido
será, como veremos, uno de los principales organizadores del psiquismo infantil en la vida
postnatal.
Un problema especial lo plantea el análisis de la posibilidad de alguna forma de
experiencia auditiva durante la vida intrauterina. En el período fetal el oído interno
presenta un contenido gelatinoso que tendrá que evacuarse después del nacimiento, y los
huesecillos de ese mismo órgano presentan una rigidez que tampoco cesará hasta el
inmediato postparto, de allí que podamos decir que a pesar de que el equipo auditivo del feto
está en condiciones de registrar sonidos, sólo los más agudos y de mayor intensidad
están capacitados para provocar alguna respuesta comportamental. De todas maneras las opiniones
están divididas en cuanto al sonido o el silencio existente en el claustro materno. Los latidos
del corazón de la madre, el murmullo vesicular pulmonar, borborigmos intestinales, etc., han sido
considerados alternativamente como perceptibles o como inexistentes para el feto. Son numerosos los
experimentos que en los últimos años parecen señalar la sensibilidad del feto
sólo a los sonidos muy altos o intensos, frente a los cuales la respuesta es un aumento de los
movimientos del cuerpo y taquicardia. Salk, citado por Annis (1982) estudió en especial la
significación que podría tener la audición del latido cardíaco
rítmico de la madre. Annis relata que uno de los experimentos de Salk consistía en
comparar la conducta de dos grupos de neonatos: uno al que, en el primer día de vida, se le
hacía oír en forma continua la grabación de un corazón que latía
rítmicamente con una frecuencia de 72 pulsaciones por minuto; el grupo testigo, se hallaba
"en una nurserie silenciosa". "Los resultados mostraron diferencias netas de
comportamiento: los recién nacidos del grupo experimental lloraban menos, estaban más
relajados, se dormían con mayor rapidez, y aumentaban de peso en lugar de perderlo, que es lo
que les sucedió a los niños del grupo testigo, a pesar de ingerir ambos igual cantidad
de alimentos."
Otros experimentos comprobaron el poder sedante que los estímulos rítmicos
poseen sobre el bebé. Una experiencia particularmente sugestiva mostró que, cuando a un
grupo de niños que estaban jugando se le hacía oír una grabación con el
latido cardíaco de la madre de uno de ellos, éste cesaba de jugar y buscaba de inmediato
la fuente del sonido. Asimismo, el mencionado Salk especula que esta percepción del latido
cardíaco podría ser el motivo de la acusada preferencia que muestran las madres humanas y
de monos rhesus (hasta el 80%) por acunar a sus bebés del lado izquierdo del pecho.
A pesar de lo seductor de estos experimentos, el único campo en el que podemos
hablar con certeza de experiencia intrauterina es en el de los cambios posturales, y ello reviste
especial importancia, puesto que como es fácil observar, cualquier sujeto privado de alguna forma
de percepción sensorial, exagera compensatoriamente algunas de las restantes (oído y tacto
en los ciegos), nos costará poco imaginar hasta qué punto el feto -y por lo tanto el
recién nacido- habrá extremado su sensibilidad a los cambios posturales siendo la
única experiencia vivida hasta ese momento, si exceptuamos la dudosa, y en todo caso tenue,
percepción auditiva. Precisamente los cambios posturales constituyen la vía por la cual en
su primera etapa extrauterina el bebé captará el vínculo con su madre: a
través de la manera de ser manipulado.
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